Sin preguntas

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La sonrisa y el enfado fueron casi las únicas reacciones que mi abuela conservó hasta el final. Yo solía hablarle en tono positivo, con estructuras gramaticales sencillas y me dirigía a ella como adulta, no como si fuera un bebé – cosa que me parece denigrante hacia el enfermo -. Con mi abuela era preferible evitar las preguntas porque se bloqueaba; preguntas de información o datos como “¿sabes quién soy yo?”, “¿cuántos años tienes?” o cualquier frase con entonación de pregunta como “¿tienes frío?” ó “¿qué comida te gusta más?” suponían para ella un gran reto.

La única manera de interactuar era planteando juegos o estimulando los sentidos.

La experiencia me ha obligado a perder la vergüenza, el pudor, el miedo al ridículo, porque para comunicarme con ella necesitaba exagerar mi expresividad. Pero, sobre todo, me obligó a cambiar mis esquemas; eso es lo más importante y lo más difícil de conseguir. Todos asumimos las limitaciones que tiene un recién nacido y sabemos que irá adquiriendo autonomía según crezca, ¿verdad? Pues bien, simplemente hay que entender que las personas con este tipo de enfermedad siguen el proceso justamente inverso, lo que se denomina “involución”: no es que nuestro ser querido, de repente, no quiera comer, andar, hablar… es que, de repente, ha dejado de saber cómo se hace, así de simple y de complejo, al mismo tiempo.

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