Entrando en su mundo

La comunicación resulto la parte más difícil. Hay que reconocer que me costaba bastante ponerme en el lugar de mi madre e interiorizar que, a medida que la enfermedad avanza, ella retrocedía en conocimientos, lenguaje y modos de comportamiento. No llegaba a entender que lo que ayer hacia con toda normalidad, hoy no sabe de qué va. Unas veces me rebelaba e incluso le gritaba pensando que por decirle las cosas con voz más fuerte me iba a comprender mejor y nada más lejos de la realidad, todo lo contrario.

Las nuevas formas de comunicarnos pasaron por armarme de paciencia y, a través de canciones y juegos de mano que ella todavía recordaba, procuré entrar en su mundo.

Resultaba curioso que de lo último que se olvidó mi madre fue de los estribillos de la música, por ejemplo los villancicos, la letra no la recordaba pero la musiquilla y el ritmo sí que lo llevaba a su estilo. En cuanto a las actividades manuales, si tratabas de que hiciese algo con las manos mejor que explicárselo le dabas la iniciativa y le corregías cuando no lo hacía bien.

A medida que la enfermedad avanzaba el carácter da mi madre también cambiaba, pero a mejor. Ella siempre había sido buena pero como toda persona muy metódica era dominante y muy posesiva, para los de casa resultaba hasta egoísta. Sin embargo luego, era muy dócil y cariñosa le gustaba dar besos y reírse con todas las ocurrencias que tenia.

Al principio de la enfermedad se manejaba muy bien con toda la gente que conocía pues se aprendió una forma de comportamiento que siempre era el mismo y que le daba buen resultado. Cuando le preguntaban: “¿qué tal estas?” respondía que “muy bien” e, inmediatamente, ella preguntaba lo mismo y añadía: “porque mira que nos hemos querido nosotros ¿verdad?”, dando a entender que sabía con quién estaba hablando… Así lo siguió haciendo casi hasta que ya no hablaba y a mí no me conocía. Cuando salía de paseo con una cuidadora que tuvo durante cinco años yo me encontraba luego con nuestras amistades me decían convencidos: “¡Sabes que tu madre a mi sí que me ha conocido y me ha preguntado por todos!”. Yo me sonreía por dentro porque les dejaba a todos tan convencidos. Ese fue el mecanismo que ella desarrolló para disimular su enfermedad, que no deja de tener su ingenio, si nos paramos a pensarlo.

Mi madre termino dándonos besos por todo y agradeciendo con la mirada todos los detalles que tenias con ella.

Sin duda alguna, su enfermedad incidió en mi vida de forma muy fuerte, pues soy hijo único y aunque siempre tuve el apoyo y la ayuda de mi esposa, el responsable final de todos los problemas con cuidadoras, médicos, días de fiesta que guardaban las cuidadoras y vacaciones era siempre yo.

Todo esto, no se lo deseo a nadie, pero que si tienes que pasarlo lo mejor es asumirlo con toda entereza y estado de ánimo positivo que puedas. Es algo que te marca y te hace valorar cosas tan nimias como que por cada mañana que sale el sol, por cada día que puedes reconocer a tu familia y por saber el día en que vives sientes que debemos dar gracias a Dios.

Yo sabía qué era para mí lo más valioso, pero ahora lo tengo aún más claro: el cariño de toda la familia.

Angel

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