Soltar las armas

Cuando más conectada me siento con mi padre es en algún momento, generalmente, cuando cae la tarde, en que podemos pasar un rato a solas. Ponemos una película y vamos conversando, sin ninguna dirección o intención, nos reímos de algo que hace un personaje, nos damos cuenta de que estamos de acuerdo en que tal o cual actor es divertido o extraño… normalmente mi padre está taciturno, no conversa, da la sensación de que no hila ya lo que está ocurriendo a su alrededor, de que a veces le agobiamos con tanto “¿te acuerdas de…?” y él no se acuerda, invariablemente. Así que en esos momentos simplemente disfrutamos de la compañía mutua, de estar en el momento, sin exigencias, sin expectativas, repasando una y mil veces cómo funciona el mando de la televisión… yo noto cómo él se relaja, le veo sonreír y hacer bromas, le siento agradecido por este espacio de compañía e intercambio. Y yo me siento agradecida de poder descubrir a este hombre cariñoso y tierno que había echado tanto de menos.

Creo que lo más importante que he descubierto es el tacto: darle la mano, hacerle un gesto cariñoso en el hombro, darle un beso, un abrazo… a él le gusta cogerme la cara entre sus manos, y cuando lo hace, su mirada cambia. Normalmente tiene una mirada algo perdida, sin fondo, pero en este momento sus ojos vuelven a verme, y veo una luz diferente, alegría, calidez… en esos momentos siento que él se siente arropado, cuidado, no tan aislado. Hay mucha ternura entre nosotros, se acabaron los reproches…

La relación ha cambiado totalmente. De hecho, durante mucho tiempo la nuestra ha sido una relación de enfrentamiento, de incomunicación, de desconexión. La vulnerabilidad de mi padre ha aterrizado como un gran meteorito en la tierra, ha tenido un impacto bestial. Y eso ha cambiado totalmente mi percepción sobre él, sobre nuestra relación. Ahora hay algo de querer cuidarle, de realmente sentir el amor que tantas veces me he cuestionado en el pasado. Digamos que los juicios antiguos han desparecido de la noche a la mañana. Su vulnerabilidad nos ha acercado y ha puesto de manifiesto mi propia vulnerabilidad, y mi fuerza, como las dos caras de una misma moneda.

Siento que esta situación aún me está haciendo mejor persona, día a día, cuando cada situación requiere paciencia, ternura, sentido del humor, cariño, amor, y también fuerza. Ahora es el momento en el que yo cuido a mi padre como él lo hizo conmigo cuando era pequeña. Ha tenido que aparecer el Alzheimer en la ecuación para que yo me permitiera el acercarme a mi padre, dejar las armas, y empezar a verle como un ser humano.

Mariam, España

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *