Yo sí recuerdo

Yo sí recuerdo, al principio, una fase muy desagradable de confusión y de desorientación. Recuerdo mucho dolor, todos sufrimos aquella fase y mi padre más. Porque durante aquella etapa se daba cuenta de todo y nadie entendía nada. Después vino el silencio. El silencio en nuestro corazón, la negación y poco a poco llegó la aceptación.

Recuerdo cómo nos cambió la vida de repente, cómo dejé de salir de fiesta hasta las tantas para poder estar en casa. Recuerdo los momentos de silencio, la no-conversación, el no hablar pero sentir; momentos mágicos de compañía, sonrisas y bromas y algún pesar a veces. Y sobre todo naturalidad; recuerdo todo con mucha naturalidad.

Dicen que los enfermos se olvidan, pero no. Esa mirada perdida siempre sonreía al verme cuando entraba por la puerta con aquel “pareeee ja estic aqui !” (¡Papá, ya estoy aquí!) pero también recuerdo perfectamente que nunca se olvidó de mi nombre; me llamaba Micalet y me he quedado Micalet. Porque nunca fue tan cariñoso mi padre como con la enfermedad. Yo recuerdo todo lo bueno.

Recuerdo los rituales, rituales de las pastillas, rituales del desayuno, otros rituales más desagradables, pero todo con mucho cariño y paciencia. Porque se merecen mucha paciencia. Ocho años de paciencia. Mucha paciencia y positivismo. No existe en esta enfermedad mañana, solo existe hoy y ahora, “que fem avui, pare?? On vols anar?” (¿Qué hacemos hoy papá, ¿a dónde quieres ir?) y al lío; porque la liábamos mucho para bien. Que un helado, había helado, que vamos a ver las Fallas, allá estábamos…

Lo que mejor recuerdo son los viajes, recuerdo Berlín, el paseo por el Tiergarten, la desorientación, el caos y la calma. Siempre había un caos y siempre se volvía a la calma, y al final del día, esa calma se convertía en satisfacción. Siempre. La de la calidad de vida que intentamos dar a mi padre. Hasta el último momento de su vida. Pero además hubo diversión, recuerdo la ilusión con que mi padre preparaba los viajes. Recuerdo esos maravillosos ayudantes que llevaban en los aeropuertos a la puerta de embarque la silla de ruedas. La sonrisa de las azafatas. Ellos se merecen lo mejor, siempre sofreídles cuando los veáis en los aeropuertos. Y recuerdo Roma y los croissants de desayuno de Pascuetta, y el reloj que se compró en Ginebra, porque quería tener un reloj suizo para poder presumir. Recuerdo cuando nos perdimos con el coche en Ginebra y de repente nos reímos todos en nuestra desesperación. Recuerdo aquel día cuando aparqué el coche en la plaza de la Iglesia de Sitges, no sé como llegué hasta ahí, es el amor familiar que mueve montañas, te lleva donde quieras. El caso es que acerqué a mi padre a la brisa del mar aquel día como un señor, porque mi padre era un señor y se merecía lo mejor. Recuerdo mucho la dignidad. Mi padre era para mí el abuelo más guapo y elegante del centro de día. Mucha dignidad a pesar de la enfermedad. Y la cabeza bien alta por la calle aunque nos mirasen mal, mucho más alta en esos casos. Y luego había paellas, esas paellas maravillosas que comíamos en los mejores restaurantes. Y yo siempre he pensado que en estos momentos mi padre era feliz. Y siempre he pensado que esta felicidad la transmitió y compartió con nosotros. Pienso que la enfermedad te permite compartir momentos especiales, que los enfermos te transmiten su sabiduría. Y pienso que la enfermedad nos acercó mucho, que nos unió, que de ahí se consolidó un amor paternal para siempre.

Yo lo recuerdo todo papá, te quiero donde estés y me acuerdo mucho de ti.

El Micalet

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