Gracias

Desde que mi consciencia ganó cierta autonomía, he buscado el sentido a mi existencia a través de la literatura, de la música, del viaje, del contacto con la naturaleza, del conocer cosas, personas y lugares diversos y mejor cuanto más diferentes, y en el amor hacia las personas que forman mi entorno.

Buscaba en definitiva una respuesta dando por supuesto que es algo que se debe de encontrar en las orillas del camino primero, pero unos años más tarde me convencí de que no residía ahí, de que lo que da sentido a nuestra vida es el propio camino, y lo vamos encontrando conforme lo recorremos. En otras palabras, seguía sin saber dónde mirar y hasta mucho tiempo después lo andaba buscando allí donde no podía encontrarlo: fuera. Y nunca en el lugar donde reside, en nuestra esencia animal, en nuestra condición humana. Dentro.

Me he cruzado después con famosos pensadores que le han puesto palabras a este sentimiento:

”El viajero tiene que ir golpeando en una y otra puerta extraña hasta poder llegar a la suya; y ha de andar errante por todos los mundos externos para alcanzar por fin su santuario más íntimo.” – Rabindranath Tagore.

”Me han preguntado muchas veces cuál es el sentido de vivir, cuál es o por qué me elude. Yo siempre he sentido que la verdadera razón es ser feliz” – Wayne Dyer.

En el fondo siempre lo he sabido: siempre que he buscado mi camino, el sentido a por qué soy y a por qué estoy aquí yo lo mezclaba con la búsqueda de la felicidad. Sin embargo, para que esas palabras hoy tengan el sentido que para mí tienen, he tenido que dar un salto. El impulso nace de las primeras veces que escuché, hasta ese punto en el que algo cala de veras para no marcharse ya, la sabiduría que explicaba el sentido de las cosas. Día sí, día también, a través de expresiones como ”Hay que estar alegre”, y la respuesta siempre afirmativa a la pregunta: ”¿Tú eres feliz?”, conocer a Facundo y ver la sencillez con que esa sabiduría formaba parte de su cotidianidad me ayudó a hacerme consciente de ello, a cambiar la perspectiva desde la que mirar, y una herramienta para materializar una manera diferente de encarar el futuro.

Este texto no pretende explicar el cómo es conectar con alguien con demencia; es sencillamente compartir cómo fue para mí conectar con él. Para ello tuve que asomarme por la ventana de alguien que vive tan intensamente su presente, que a menudo suponía regresar de las antípodas donde me habían llevado mi cadena de pensamientos. Recuerdo momentos en los que encontré un número de resistencias, número mayor o menor siempre en proporción a mis miedos, no siempre conscientes y explicables de manera inmediata.

Me sumo a quienes opinan que alguien con demencia conserva la esencia de quien es; opino también que el contacto con alguien que vive tan intensamente su presente es un privilegio de todo aquel que encuentre el espacio/tiempo para dedicarle atención, y llevarse de regalo esa sensación de paz, de bienestar, de felicidad de habernos conectado con el aquí y ahora que, sencillamente, se impregna.

Este texto forma parte de mi agradecimiento por una de las lecciones más importantes y trascendentes que he recibido. A alguien a quien nunca conocí sin síntomas avanzados de demencia.

Juan Cruz, Madrid.

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