El Claro de Luna

Recuerdo sus manos en el piano, donde podía pasarse horas. Tenía la cara seria, como si aquello que tenía entre los dedos fuera más grande que él mismo. Su mirada me transmitía el enorme respeto y amor que tenía por la música, la que siempre fuera su amante en los ratos libres que le dejaba su profesión de abogado, y siempre después del eje sobre el que giraba su vida, su mujer y sus hijos. A ella la conoció cuando eran muy jóvenes, y yo nunca me cansé de escuchar sus anécdotas de novios, que a él siempre le encantaba contar… Ése era mi abuelo, una persona fascinante que siempre llevo en mi corazón, y que puedo sentir cuando voy a visitarle a la residencia.

Aunque ya no tenemos aquellas grandes conversaciones filosóficas, ni puedo disfrutar de su pasional vehemencia sobre las teclas del piano, sus ojos brillan cuando me ve, y su gesto entusiasta sigue vivo. Ahora siento que aprendo aún más de él, porque cada vez que voy a visitarle me recuerda lo que considero más importante en la vida. Creo que ahora, mucho más que en su juventud de intelectual y abogado de prestigio, puedo aprender de él, así que me siento privilegiada de poder tenerle cerca. Lo que más me fascina es cuando nos sentamos en el jardín y dice “qué bonito este árbol”, y puede decirlo varias veces sin cansarse, ni cansarme a mí. Tiene esa capacidad de sorpresa que como filósofa siempre aspiré a alcanzar, y esa curiosidad innata tan jovial y alegre que a menudo se me olvida cultivar.

Ahora ya no interpreta el Claro de Luna en el piano. Sus manos no tienen fuerza, y su mente no fluye a la misma velocidad. Aunque si se la pongo, se siente feliz a pesar de que a menudo no sepa decir qué música es. Me encanta ese sentido del humor con el que se toma su falta de memoria, algo que nunca le ha preocupado porque creo que siempre valoró más su imaginación… Me dice a menudo “tengo una canción en la cabeza”; no sé si la compuse yo o de quién es. Pone una cara divertida, consciente de la cierta ironía de su frase. De vez en cuando asoma una clarividencia sorprendente que muestra que todavía está ahí algún vestigio de los ecos pasados… Pero la cuestión es que no recuerda de quién es lo que suena, por muy erudito que fuera en su día acerca de la música, hasta el punto de que a veces rozase el snobismo que le llevase a despreciar lo que él consideraba que “no era música”. Y puede tratarse del mismo Bethoven o Mozart o de su propia creación, pero no le importa en absoluto, sólo le importa que le gusta y punto. Por eso ahora lo que más le gusta es cantar las canciones más infantiles y sencillas. Probablemente de joven habría dicho que era una música vulgar, pero ha ganado en humildad e inocencia, y lo que ahora le encanta no necesita sonar correcto ni perfecto. Cantamos juntos y en seguida contagia a los otros abuelos que hay en la sala. Se produce en unos instantes un coro divertido e improvisado de voces cantando alguna canción popular española. Y yo no sé si sonreír o llorar de felicidad, porque esa perfección de lo sencillo cuesta encontrarla en otras situaciones del día a día…

Querido Avi, eres un Oasis en mi vida… Me siento afortunada de disfrutar de ti en el presente. Eso no quita que no haya momentos en que me encierre en mi cuarto, con el Claro de Luna de fondo, y llore el recuerdo y la nostalgia de aquello que nunca volverá… yo lo conservo; todo lo que has sido y nos has regalado a todos con tu vida entera, etapa a etapa, gesto a gesto, y también golpe a golpe… porque tú de golpes sabes mucho, como los que dabas al piano con tanto ímpetu y fuerza.

Beatriz Ariza

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