Felicidad en la desgracia

Para algunas personas la vida trascurre con altibajos, pero feliz desde la infancia hasta la madurez. Amigos, familia, trabajo y también amores, van formando un conjunto vital y cronológico positivo en el que los malos momentos, que los hay, quedan eclipsados por la felicidad vivida. Así ha trascurrido mi vida a los largo de 75 años, en los que una infancia feliz, adolescencia sin traumas, madurez asentada y  un trabajo satisfactorio, se coronó con el encuentro con Carmen en la universidad, que luego se convertiría en mi esposa y la madre de mis dos hijos. En conjunto 48 años felices en los que, además de una excelente comunicación, compartimos alegrías, proyectos, algún que otro sinsabor, que ni siquiera recuerdo, todo ello en su conjunto nos daría una vida feliz.

Cuando esta vida está en su mejor momento, en esa madurez en las que todas las aristas se han suavizado, en la que la jubilación te ofrece libertad sin responsabilidades de educación, ya que a los nietos la dan los hijos, a los que nosotros educamos antes, esos nietos que son como una acicate a la felicidad ya que su disfrute la fortalece, sin embargo en ese momento, sin esperarlo, llega la desgracia. Cuando más proyectos tienes para rematar una vida feliz, todo se derrumba a tu alrededor con la aparición del Alzheimer. Cuando observas en la persona amada pequeños olvidos que se van haciendo grandes, la angustia ante la primera perdida en la ciudad, incoherencia en la conversación, incontinencia, etc., todo se hunde a tu alrededor, los proyectos planificados para terminar una vida feliz se acaban y se inicia una nueva etapa para la que no se está preparado. El sufrimiento, la sensación de culpabilidad y la tristeza se convierten en compañeros inseparables. Cuando llevas meses viviendo estas terribles sensaciones,  comienzas a reflexionar y a plantearte las cosas de manera diferente, dentro de la desgracia asumes que el mundo no se acaba, no debe de acabarse, simplemente comienza una nueva y final etapa, no deseada, pero que hay que vivir y no dejarte arrastrar por la desesperación. Para ello hace falta mucha fortaleza y sientes que algo en tu interior te empuja y renueva la fuerza interior que creías perdida, también contribuye a ello la mirada perdida del ser amado que ya no está, que ya no es, su sonrisa apagada, el contacto con su mano, un suave abrazo en el que notas su cuerpo pegado al tuyo y un beso casi furtivo, como cuando éramos jóvenes.

Las sensaciones que todo esto produce son nuevas y conducen a una nueva felicidad, diferente a la vivida anteriormente, pero felicidad. Desparece el sentido de culpa por haberla llevado a una residencia, asumes que ya nos es la mujer con la que te casaste, es un ser diferente que te inspira una gran ternura y un nuevo tipo de amor. Eres feliz sacándola a pasear y caminar cogidos de la mano, tomar un refresco y ver con la ilusión que lo hace, incluso notas como te quiere tener consigo cuando hablas con otra persona, como si estuviese celosa y no quisiera perderte. Ver cómo reacciona cuando vas a visitarla, probablemente no te reconozca, pero sí reconoce en ti a alguien que le da cariño, amabilidad, protección y ternura, lo que le hace esbozar una suave sonrisa. Con todo esto la sensación de desgracia se atenúa y te ilusionas cada tarde y comienzas, aunque parezca contradictorio, a vivir otro tipo de felicidad y de amor. Regresas a casa solo, pero la soledad ya no te hunde, ya no te deprime, la tristeza existe pero es diferente, no es ya demoledora y en el fondo estas deseando que llegue el momento de volverla a ver para tener esa nueva sensación. El estar con ella ya no es una carga, es un esfuerzo que ya no cuesta, es un nuevo romance, es una nueva sensación amorosa que hace reverdecer sentimientos que creías ya no estaban. En el fondo te sientes alegre y feliz, es la felicidad dentro de la desgracia.

Manuel Costa

Valencia, España

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