Transformando mis sentimientos

Mi madre tiene Alzheimer, si no me equivoco en estadio 4-5. Significa que casi no tiene memoria de la realidad. En general sólo es capaz de seguir una conversación durante dos frases y cada vez tiene más dificultad para encontrar las palabras adecuadas. La semana pasada no hacía más que alabar la lluvia azul, y mi hermano tardó en entender que se refería al bonito cielo azul que había.

Al escribir esto parecería que apenas hay posibilidad de mantener con ella una conversación con sentido. Pero todo lo contrario…

Obviamente, si hablamos de hechos reales, razonamientos, argumentos, análisis de opciones, decisiones que tomar, verificando la verosimilitud de sus historias, no hay manera en absoluto de mantener una conversación satisfactoria a esos niveles.

Y he de confesarlo, cuando la visito –llegando desde “mi mundo” en el que mandan las conversaciones basadas en la realidad– suelo necesitar tiempo para conectar con el suyo. El mundo de imágenes, sueños, historias y, por encima de todo, de sensaciones y sentimientos, de conexión y de su percepción de la conexión.

Nuestros primeros momentos juntas a veces empiezan en el restaurante de la residencia en la que vive. Es realidad, estos momentos se echan a perder por la muy eficaz formación en socialización que mi madre ha debido recibir a lo largo de su vida. Primero me hace toda clase de preguntas amables, qué tal, cómo está tu hija, el trabajo cómo te va, y la conversación en el plano real prospera, dejándome frustrada y bloqueada por momentos. Es como si un gran STOP apareciera delante de mi cara suspendiendo cualquier historia que pudiera compartir con ella.

Si me doy cuenta, literalmente cambio de sitio y la saco del restaurante, me quedo callada y espero a que la magia surja de nuevo.

Porque “mágica” es la sensación que se siente tan a menudo en nuestros encuentros. No tengo más que abrir los brazos, abrazarla y esperar a que la pena, las lágrimas, la tensión creada por su enfermedad afloren hasta dar paso a una mayor tranquilidad ambiental. Simplemente estar ahí, confiando en que su dolor se transforme en lo que quiera que venga a continuación y seguir con lo que haga falta. Luego noto un cambio y ella se entrega totalmente a mí, y me deja ayudarla con sus cosas cotidianas pero importantes, como elegir un vestido bonito, peinarla…

Y ella, que nunca necesitó ayuda, al final está dispuesta a recibirla.

Los momentos más hermosos suceden cuando estamos solas, creando nuestro pequeño mundo dentro de una burbuja. Es como si yo gradualmente abriera todos mis sentidos hacia ella, como estar con mis hijos cuando eran pequeños, conectando con el lugar en el que ella está. ¿En qué película está ella en este momento? Sabiendo que la película es una mezcla de realidad pasada e imaginación, pero que sus sentimientos sobre el pasado son más auténticos y transparentes que nunca. Como si en última instancia me hiciera a la idea de cómo es y fue realmente la vida para ella. Ya no queda nada entre nosotras, todo está abierto.

En ocasiones yo, o mejor quizás, nosotras, empezamos a jugar. Ella hace un movimiento, una pequeña observación y yo la hago más grande, ella va más allá y, de repente, surge la carcajada y la alegría. Nunca antes me había divertido tanto con ella.

O ella imitando a su madre andando por la calle y allí que está mi abuela, con nosotras, en todo su ser, dieciocho años después de su muerte…

Esos momentos de esencias, aunque apenas duren un minuto, me estimulan para todo el día y permanecen dentro de mí mucho tiempo. A veces incluso agradezco que tenga Alzheimer por haber abierto las “cortinas sociales” que había entre nosotras.

Estando con ella, el hecho de si estoy o no “cerca de mí misma” se pone de manifiesto en el momento. A veces lo evito, un poco como si me negara a contestar. Por ejemplo, ocupándome de sus cosas de casa en lugar de conectar con ella. En otros momentos necesito huir de la casa, telefonear a mi marido, gritar, quitarme de encima la frustración, antes de volver con una mente más despejada y abierta. Saber lo que sucede entre nosotras y en mi interior es vital para la forma de desenvolverse nuestra relación en cada momento. Y en este mismo momento yo puedo decidir entre compartirlo con ella o pedir ayuda a alguien para superar mi propia pena o enfado. No hay escape. Necesito transmitir mi propio sentimiento porque ella de inmediato nota el cambio entre nosotras y responde de forma negativa, bloqueando nuestra conexión. En este sentido aprendí a confiar en que vivir realmente con mis sentimientos de frustración, pena, enfado, siempre lleva a una transformación en otros sentimientos tales como simpatía, tranquilidad, paz…, que me ayudan a despejar de nuevo mi mente y dejarla abierta para cualquier cosa que se presente.

¿El Alzheimer de mi madre me hizo mejor persona? No lo sé. Probablemente me hizo más compasiva con las vidas y la humanidad de la gente.

Aún recuerdo el impacto que me causó un visitante de la residencia diciendo con su singular tono de voz: “Hay muchos dementes por aquí…”. De pronto entendí lo diferente que es mirar a alguien y ver su enfermedad, esto es, ver la demencia y un ser humano perdido, o mirar a alguien y estar con él. Me hizo darme cuenta del cambio que había sucedido en mí.

Y es cierto, la memoria no funciona, pero su ser completo, la plenitud de su vida y la forma en que ellos la percibieron, se nos transmite a nosotros en esencia. Ojalá seamos capaces de verlo y conectar con ello quitándonos nuestras propias telarañas de ideas, esperanzas y anhelos… y nos permitamos sentir lo que quiera que haya justamente ahí, justamente ahora.

Micole Smits

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