Dejarla ir

Estábamos sentadas delante del médico las dos cuando este me dijo: “Tu madre (como si ella ni siquiera estuviera delante) tiene un envejecimiento prematuro del cerebro. Ya está. Eso es todo lo que dijo. Entré en un estado de bloqueo, casi de shock. Dios mío, ¿ahora qué? Y el médico me dijo “Ahora… paciencia.”

Hace mucho años de aquello, yo tenía 27 años, y todavía recuerdo aquel momento en que tuve la certeza de que había comenzado el después del antes. En pocos meses mi padre había fallecido y mi madre se iba difuminando poco a poco. Mi relación con mi pareja también acabaría por desaparecer, herida de amor, confusa y difusa. En aquel momento pensé que la paciencia sería tan solo uno de los muchos aliados con los que iba a hacer ese largo camino.

Entonces comenzó una época que yo denomino “Quién es quién”. Necesitaba un mapa para hacer aquel camino pero me faltaba demasiada información. Sí, este es el principio de algo pero ¿con qué cuento? ¿cómo lo gestiono? ¿cuál es el final? Y lo más importante: ¿Sabré hacerlo? Comencé a investigar: sobre la enfermedad, las necesidades, los medios, las leyes y cómo ser una buena cuidadora.

No lo voy a conseguir, yo siempre he sido una enmadrada, una dependiente disfrazada de independiente. ¿Cómo le voy a decir a mi madre lo que tiene o no tiene que hacer?

Ah, ¿de qué me servía un mapa si no sabía quienes estaban presentes en el camino?

Comencé a hablar con otras personas que estaban en situaciones parecidas y me fui dando cuenta de la cantidad de mundos, de relaciones diferentes que existen. Creo que fue entonces cuando empecé a sentirme más cerca de mi madre. Nosotras eramos fuertes. Esto estaba claro.

…y mientras, ella me pregunta “¿Tienes niños?”. Le contesto que no y ella me enseña una foto de cuando yo era pequeña “yo sí, una niña, mira.”

Nostras eramos fuertes. Esto estaba claro pero… ¿quiénes eramos nosotras?

Si hay partes de mi que lo son sólo por que nosotras somos, porque la relación entre las dos lo ha hecho posible, a medida que ella enferma ¿qué partes de mi misma se van perdiendo?

Pierdo en lo físico y en lo psíquico. Pierdo mi entorno. Pierdo a mi madre.

Yo me convierto en mi madre. Yo me voy perdiendo conforme la pierdo a ella. Me pierdo en un encuentro gradual con la mujer que tengo sentada delante y con lo que me encuentro es con alguien a quien todavía tengo que conocer. Me habla de su niña, de su marido, como no lo hubiera hecho si todavía ella pensase que soy su hija. Me habla de mujer a mujer sin necesidad de ejercer el poder que da el hecho de ser mi madre. Veo a mi madre con los ojos de la madurez gracias a que ella me ha hecho madurar en el instante que me enseña mi propia foto, en el momento en que me disocio, no para desaparecer sino para ser más.

Fueron tiempos de descubrimientos. Alguno de ellos buenos, algunos tristes, todos intensos.

Descubrí el silencio, ese lugar donde me siento segura porque es cuando mejor nos expresábamos. Descubrí las caricias, es canal de sensaciones que siempre tiene abiertas las compuertas. Descubrí la importancia de un buen helado de turrón, gusto y textura paradójicos que llevaban a mi madre a lugares y tiempos paradójicos. Descubrí la soledad…

La soledad soy yo. Por eso no dejaba que mi madre marcharse. Por eso me aferré tanto a ella.

La soledad se instaló sin casi darme cuenta. Una soledad que se presentó como amiga y que se convirtió con el tiempo en una excusa perfecta. ¡Fuera ruidos! ¡Fuera interferencias! Una soledad donde sólo mi madre podía entrar. Donde sólo mi madre conseguía que yo tuviese sentido. Donde se me olvidó que había madurado.

Mi madre se fue, dejándome con mi soledad, una semana después de que le susurrara al oído “Vete. Ahora ya puedo yo sola.” Me educó para ser independiente, para ser fuerte y a mi se me olvidó. Cuando lo recordé, cuando lo recordé con el cuerpo y la mente, cuando me lo recordaron… la solté. Y porque ella me quería tanto, no se fue hasta no verme preparada.

Dicen que madre sólo hay una. Yo tuve suerte de ver a la mujer completa que además era mi madre. La mujer que es mi madre. Yo soy esa mujer.

Mi madre me llovió encima y se instaló dentro de mi un 20 de Mayo de 2004, cuando ya se habían ido todos y solo quedábamos ella y yo, en aquel pinar, disfrutando de la brisa que se aliaba con olor de las rosas de las coronas y daba vida a sus cintas de colores.

Siempre fuimos unas disfrutonas…

Carol Westerman, España

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *