Ciclo de la vida

Cuando le hice revisar en un programa de atención de mayores, papá mostró un deterioro cognitivo leve. Le calificaron como “esmeralda” en el amable sistema de piedras preciosas que utilizan. Cada discapacidad tenía su propio símbolo en forma de gema. Y así fue como terminé viendo a mi padre bajo esta nueva luz: como una gema.

Papá y yo descubrimos nuevas formas de comunicarnos durante este tiempo. Una de nuestras favoritas era simplemente pasar el rato uno con el otro, estar juntos. Nos recuerdo en particular tomando un café, sentados en el centro de salud y contemplando el hermoso lago Superior. No hacían falta las palabras, estar juntos era lo único que importaba.

Otro punto en común que teníamos era nuestra afición por las melodías. Siempre nos había gustado cantar juntos, y ahora nos encantaba sentarnos juntos a oír música que conocíamos y que nos traía grandes recuerdos.

También nos acercamos cuando me ocupé de él de nuevas maneras. Papá no podía afeitarse con una cuchilla normal y le compré una maquinilla eléctrica. Qué bien lo pasó cuando le ayudé a repasar unos pelos que se había dejado… Recuerdo que le daba de comer al final de sus días, usando una cuchara de bebé y rememorando cuando él me daba a mí de bebé prematuro. Me recordaba nuestro círculo de la vida, cosa que me reconfortaba.

Papá superó con holgura los 100 años y se quedó a sólo seis semanas de los 101. Encontraba placer en las cosas simples y, por ejemplo, el desayuno era su comida preferida y Grace (mi perrita) le adoraba. Cuando se enteró de que una de las enfermeras era irlandesa, se puso a cantar “Cuando los ojos irlandeses sonríen”. Papá conservó su actitud positiva y su buen humor hasta el final, y a su vez todos nos sentimos felices de tenerlo entre nosotros tanto tiempo.

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