La magia ocurre

Tengo 63 años y mi madre, 90. Yo sigo trabajando. Ella vive cerca de mí en una residencia con ayuda extra. La veo todos los días, y me veo a mí misma más como su coordinadora general que como su cuidadora.

Para poder sentirme conectada a mi madre, primero debo hacer sitio.

Antes, he tenido que darme un tiempo para procesar mi propia pena y llegar a la aceptación de lo que hay, la pérdida de su anterior yo y el abandono de mis propios planes, tanto emocionales como domésticos. Esta simple frase encierra un esfuerzo muy duro. Para sentirme conectada debo sentarme con ella y olvidarme de todo: de la lavadora, de la lista de la compra, sobre todo de mi propia impaciencia o fatiga.

Después, cuando puedo estar en ese lugar de sinceridad y escucha, la magia ocurre. La propia capacidad de Dorothy para comunicarse conmigo sobre su vida interior se pone más de manifiesto. Ella es como el láser en su claridad emocional. Se puede comunicar con las manos, con palabras –unas veces con claridad, otras veces no–, con la inflexión de su voz y con la expresión facial. Yo debo seguir estando con ella para recibir estos obsequios. Yo siento un amor enorme por ella, y siento su amor y su ‘conexión’ conmigo. Las dos necesitamos y valoramos estos momentos juntas.

Esta capacidad de ser sincera y estar presente se trasladan luego a esas otras veces que no son tan inherentemente transcendentes, como cuando necesita ayuda para limpiarse en el baño y yo me acerco con la misma compasión y cariño. Le he dicho más de una vez: “Mamá, estoy segura de que hace tiempo tú me limpiaste muchas más veces que yo a ti ahora, así que sin problemas”.

Mis experiencias pasadas con ella las veo ahora a través de esta lente de la sensación de que es ahora cuando verdaderamente la conozco. ¡Qué suerte tengo de que fuera mi madre! Ella es tremendamente práctica, cariñosa con la gente pero no sentimental con las cosas, nunca dada a utilizar la culpa para conseguir lo que quiere pero sin miedo a decir lo que quiere. Con ella nunca hay un plan oculto. Quiere que esté con ella pero entiende que debo trabajar, que necesito tiempo para mí, que no siempre puedo quedarme a cenar. Este delicado equilibrio lo lleva con gran destreza y cariño. Es naturalmente abierta y escucha con el corazón.

Esto me llama a ser mejor persona. Si ella puede hacerlo, en este tramo tan vulnerable de su vida, seguramente yo también puedo intentar cultivar esos rasgos. Seguramente puedo llegar al núcleo de lo que es claramente importante, sin excusas, lamentos ni manipulaciones ocultas. Estoy segura de puedo vivir mi vida de esta manera.

Esta complicación en su vida, el hecho de que su cerebro vaya desapareciendo poco a poco, me ha aclarado quién es ella para mí. He descubierto que la quiero más de lo que creí posible querer a nadie, siento que ese amor se irradia a otras relaciones de mi vida, y siento que se irradia en mí.

Jeanette Rockers

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