La cicatriz

Yo solo tenía 16 años cuando empecé a notar que mi madre actuaba de manera diferente. Se desorientaba más de lo normal cuando salía a la calle y su habilidad para hablar otros idiomas, que yo siempre había admirado, estaba desapareciendo. Tenía 45 años y mi padre había fallecido, de manera totalmente inesperada, hacía un año. La muerte  de mi padre fue un choque increíble para toda la familia, pero la manera en que mi madre procesó su pérdida y el dolor que esta le causó, marcaría su desaparición gradual de este mundo y de mi vida.  Cuando ella murió debido a los devastadores efectos de una demencia tipo Alzheimer, hablé en su funeral y dije a los asistentes que quien acababa de morir  era solo el diez por ciento de la mujer que mi madre había sido; el resto había ido despareciendo a lo largo de los seis años que había durado la enfermedad. Años en los que yo crecía como adolescente, como estudiante.. Eran años en los que trataba de encontrar mi camino en la vida sin mis padres, y como me  iba desenvolviendo bien, la situación de mi madre me parecía una carga. Me sentía obligado a visitarla en la residencia en la que la ingresamos cuando yo tenía 19 años, un sitio que yo aborrecía: los olores, los sonidos, el ambiente…y en medio de todo ello, la mujer que había sido mi madre y que rápidamente perdía mi respeto y la capacidad de conectar conmigo. Muchos años más tarde me di cuenta ( en terapia) de que realmente estaba furioso con mis padres por haberme ¨dejado¨ solo tan temprano en la vida..

Ahora, treinta años después (!!), el mensaje de Moving your Soul me deja un poso de tristeza y vergüenza. Qué poco esfuerzo hice por conectar con mi madre en aquellos tiempos, cuando aún era posible, aunque fuera de maneras diferentes a las habituales. De qué forma tan egoísta me di a mi mismo permiso para visitar a mi madre como máximo una hora y una vez a la semana, habiendo concluido que ¨ aquella mujer temblorosa en silla de ruedas ya no era realmente mi madre¨. El hecho es que yo no tenía ni idea de que existía otra perspectiva. No tenía la conciencia de que era posible mantener la conexión amorosa y de que esto me habría permitido honrar a mi madre y honrar, sobre todo, el vínculo existencial madre-hijo. No tuve ni las habilidades ni la madurez, ni tampoco la valentía necesarias para explorar nuevas maneras de comunicarme con ella y de comprender sus miedos así como la ansiedad que probablemente estos le producían.

A medida que han ido pasando los años mi empatía hacia mi madre en aquella residencia ha ido creciendo, así como el sentimiento de culpa por no haber sido el hijo cariñoso que ella se merecía.

Hace unos años, durante una excursión por la sabana africana, un guía Zulú me contó que su tribu creía que nuestros antecesores nos hablan a través del viento y la lluvia. Unos días después de aquella conversación y mientras soplaba una brisa suave, decidí  subir a un árbol y recostarme en una de sus ramas con los ojos cerrados. Por primera vez en mi vida y mientras el viento movía la rama en la que yacía, soñé que mi madre se me acercaba. Me sonrió, me besó y me dijo que siempre me había comprendido, que ella me había perdonado y que no servía de nada que yo siguiera castigándome. Finalmente pude reconciliarme con esta dolorosa cicatriz.

Ted

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