Con naturalidad

Desde que mi madre enfermó, empezamos a mimarla más. El cariño y la ternura era lo que más nos conectaba. Por ejemplo, ella siempre fue una mujer muy sencilla que nunca había ido a la peluquería, nosotros empezamos a llevarla y descubrimos que le gustaba, luego incluso nos lo reclamaba ella con determinados gestos. Yo le daba a veces un pintalabios para que se pintara y lo cierto es que no lo hacía mal.

Mientras que fue posible, procuramos que ella hiciera todo por sí misma. Era una mujer muy independiente. Cuando tuvimos que ponerle una silla de ruedas no le hizo gracia, así que intentamos que no fuera siempre sentada, sino que también la usara desde atrás como andador.

Aunque, al final, no hablaba, había algunas palabras clave que le despertaban una gran sonrisa, por ejemplo, “Lucky” el nombre de una de las tres perras que tuvo. Yo creo que eso era como una “memoria sensorial”; me explico, tengo la sensación de que no recordaba a la perra en sí, pienso más bien que esa palabra, de alguna manera, significaba para ella el recuerdo de un estímulo agradable.

Una conexión muy bonita fue la que se creó con mi sobrina, con su única nieta. Cuando la niña nació, mi madre estaba en plenitud de facultades y se ocupaba totalmente de ella, pasaban gran parte del tiempo juntas. Seis años después, mi madre comenzó a mostrar signos de la enfermedad y curiosamente, la niña, con sólo seis años, empezó a “cuidar” de su abuela, ella era la que más le animaba a realizar tareas para que no perdiera capacidades.

La comunicación con mi madre quedó reducida a las miradas y a las sonrisas, sobre todo a los ojos. Muchas veces le notábamos que sonreía por la mirada, aunque tuviera el rictus de la boca serio. Con la mirada nos transmitía su necesidad de cariño y nos mostraba el agradecimiento cuando se lo dábamos.

También se expresaba mucho mediante gestos. Cuando le dolía algo o algo no le gustaba, arrugaba la cara. Por ejemplo, le encantaba comer y notábamos perfectamente que protestaba cuando le retirábamos el plato.

Descubrimos también el poder del tacto. Somos una familia poco habituada a tocarnos pero, de repente, empezamos a sentir la necesidad de hacerlo.

A la fuerza, pierdes el sentido del ridículo. Mi hermana y yo fingíamos que nos peleábamos delante de ella y ella se reía, de alguna manera entendía que lo hacíamos de broma.

Me acuerdo del primer día que la tuve que bañar. En mi casa nunca nos hemos visto desnudos. Yo estaba asustado porque no sabía cómo se hacía y me salió tan natural, como si lo hubiera hecho toda la vida.

He descubierto muchísimo, he encontrado cosas nuevas y muy positivas. La convivencia con un enfermo así tiene momentos bastante difíciles pero la enfermedad nos ha enseñado mucho, hemos aprendido a tocarnos y a expresar cariño con naturalidad. Me ha gustado mucho sentirme más cariñoso, he disfrutado mucho la sonrisa de mi madre. Creo que ahora me siento más familiar. Somos 4 hermanos y esto nos ha unido mucho porque estamos más presentes, más conectados entre nosotros.

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