Hijas y madres

Cuando viajamos, algo se transforma dentro de nosotros, si dejamos que la experiencia nos cale. Algo similar ocurre con el Alzheimer: es un viaje de ida, sin regreso, y queramos o no, nos remueve hasta los cimientos. Al principio nos resistimos a aceptar lo que implica, sobre todo las despedidas que conlleva. Y también nos asusta pensar en lo que está por llegar.

Este ebook es una suma de relatos reales de hijas sobre la forma en que han vivido la demencia de sus madres. Cada uno de estos testimonios representa en realidad una etapa que muchas personas atraviesan en este viaje de aprender a vivir con la demencia. Desde el dolor hasta la alegría, pasando por las dudas, la nostalgia y los miedos.

Algunas de las protagonistas de estos testimonios ya llegaron al final de su viaje, y otras continúan en él. Si tú estás en medio del tuyo, puede que estas historias te ayuden a arrojar luz en tu propio camino.

Olga Romanillos & Beatriz Ariza

Un mar de regalos

Junio de 2016. Un neurólogo confirma las sospechas que presentía desde hacía un par de años: mi padre tiene Alzheimer. La noticia llegó sin paños calientes de la mano de un profesional que, por fin, ponía nombre a lo que mi madre, mi hermano y yo intuíamos.

“Papá no está bien, no es el mismo, no mira, no comunica igual…”.

Tras unos años en los que no conseguimos respuestas, al fin llegaba una confirmación tan dolorosa como fuente de alivio.

Dolor, por escuchar el nombre de una enfermedad neurodegenerativa sin cura hasta la fecha. Alivio, por saber por fin cómo me podía preparar, sobre todo emocionalmente, para acompañar a mi familia en esta nueva etapa de nuestra vida en común. Y digo “mi familia” y no sólo mi padre porque el reto se nos presentaba a los tres, cada uno con su perfil y su forma individual y única de darle el sentido más pleno a lo que la vida nos depara.

Hasta la fecha, las incertidumbres han sido múltiples, sobre todo frente a un tratamiento que modifica día a día la actitud, la energía y el humor de mi padre. Sin embargo, aunque persiste por momentos mi tristeza de adulta por no reconocer a mi padre y mi desamparo de niña que no encuentra ya al que solía reconfortarla, estoy viviendo una de las etapas más bonitas, profundas y serenas en el conocimiento de un ser maravilloso que me ha dado y me sigue dando mucho.

Estoy compartiendo momentos con él que me llegan directamente al corazón…

Desde los primeros momentos, de vacaciones frente al mar, en el que me compartió su miedo y su tristeza y me pidió entre lágrimas que no le dejase nunca. Hasta días más cercanos, en los que me confesó que estaba “poco hablador”, casi como una disculpa, mientras seguíamos caminando por el campo y, de repente, me relataba momentos muy personales y nunca antes expresados a su hija.

Hoy muchos filtros han saltado en la conversación con mi padre. Nos encontramos en las palabras que quedan y nos comunicamos con abrazos frecuentes que le reclamo sin ningún pudor. Y conectamos con las canciones que vamos desgañitando en el coche o en mitad de su cocina mientras nos marcamos unos pasitos de baile. Quedan los clásicos como Nat King Cole que destilan tanta elegancia como cuando mi padre se arregla despacito y con esmero para salir a la calle. Y como siempre le recuerdo lo bien que huele, nunca pisa el umbral de la puerta sin perfumarse.

alzheimer

Se ha perdido la chispa en la mirada de mi padre pero queda la chispa en la conexión que he descubierto con él, a través de los abrazos, las risas y todo el cariño que me infunde. Su inseguridad se vuelve mi energía para guiarle, acompañarle y mimarle. Y le admiro profundamente por la forma que tiene de luchar a su manera, por empeñarse en poner la mesa, a pesar de que el mantel quede torcido y los cubiertos en un lugar que no les corresponde, en salir a la calle a hacer recados en el barrio con la nota que le deja escrita mi madre, o en terminar una “sopa de letras”, aunque le soplemos dónde está la palabra que le falta.

Admiración hacia mi padre por su coraje, su belleza interior, su luz y su profundo amor a su familia, fortalezas que comparte con mi madre, una mujer tan extraordinaria como el hombre con el que se casó hace ya más de 43 años.

La vida me está dando el inmenso regalo de recordar que lo bello, lo que importa, lo que me llena se encuentra en los momentos con sentido compartidos con mis seres queridos, que la comunicación es más auténtica cuando sobran las palabras y que mi camino ahora tiene un significado más profundo y más sereno.

Gracias, Papá,

Mónica.

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Algo ha cambiado

change alzheimers

Algo ha cambiado. Mastica un par de veces la comida que le acabo de dar y se para. Para mi asombro y desesperación, ha dejado de masticar y, con la mirada curiosa, lleva su atención de aquí para allá, mientras mantiene inmóvil la comida en la boca. Es como si estuviera perdiendo el reflejo automático de triturar y tragar. Tengo que darle un poco de líquido para que ese primer impulso, que aún permanece, se active y finalmente, mi madre, trague todo lo que tiene en la boca.

Y de repente asoma el miedo, ese viejo conocido. El miedo de estar ante otra bajada de peldaño en la escalera descendente que el Alzheimer representa en la vida de una persona. Mi madre, a la que ahora alimento como ella hacía conmigo hace muchos años, me vio crecer y ahora yo tengo que verla menguar. Y a menudo me frustro en ese afán de que mantenga las facultades que le quedan, bocado a bocado. Ella, ajena a mis miedos y frustraciones ( o quizás no..) me mira, sonríe, luego mira hacia otro lado, frunce el ceño, entra y sale de su mundo y de repente, en una fracción de segundo, nuestros ojos se encuentran y disfrutamos de un instante de conexión auténtica.

Ella no sabe de mis miedos, que van cambiando a medida que pasan los meses y los años. Mirando atrás veo que ya pasé por el miedo de que dejara de ser una mujer independiente, por el miedo de que dejara de caminar, el miedo a que dejara de reconocernos a mi hermano y a mí, el miedo a que dejara de hablar… Todo eso ya ha ocurrido y ahora me enfrento a miedos nuevos, el miedo a que se olvide de cómo comer.

En la residencia en la que mi madre vive desde hace cinco años, puedo ser testigo de la fase que se aproxima. Otros residentes ya han bajado ese peldaño: se atragantan cuando comen, la comida entra es sus vías respiratorias y les causan momentos angustiosos de ahogo. Otros tienen una sonda implantada a través de una abertura en el abdomen que les lleva la comida directamente al estómago.

Hace poco descubrí que mi hermano y yo podemos decidir, cuando llegue el momento si alimentar o no a mi madre a través de la sonda. Mi primera reacción fue de nuevo la sorpresa y el temor: ¿voy a tener que tomar tan pronto una decisión que supone la vida o la muerte de mi madre , quizás en unos meses?¿Cómo voy a decidir en una dirección o en la otra? Si optamos por no poner la sonda la veremos morir, por ahogo o por inanición. Si se la ponen, estaremos prolongando una vida con menos calidad aún de la que ahora tiene además de hacerla pasar por una intervención quirúrgica y una fase muy dura de adaptación.

Este es uno de los muchos momentos dolorosos y decisivos en la vida de un familiar de alguien que padece de Alzheimer u otra demencia similar. Uno de esos momentos en los que más sentimos la soledad y el desamparo en el acompañamiento y cuidado de la persona que tanto queremos. Y es uno de esos momento en lo que necesitamos no solo la información médica que nos dé claridad sobre el desarrollo de la enfermedad y sus consecuencias, sino también el apoyo de alguien que nos ayude a tomar las decisiones en integridad con nuestros valores. Y es que nadie nos va a decir qué es lo mejor para nuestro ser querido. ¿Qué es lo mejor para mi madre? Yo quiero evitar su sufrimiento, por supuesto, pero, ¿cuál es la mejor manera?

Muchas personas nos darán consejos, con la mejor intención. Pero en estos momentos, los familiares, los que tenemos que tomar las decisiones, necesitamos escuchar nuestra propia voz y confiar en nuestra propia sabiduría, esa que nace de nuestro recorrido vital y del profundo amor que sentimos por nuestro ser querido… y por nosotros mismos. Por eso , más que consejos, necesitamos a alguien que tenga la capacidad de escuchar esa voz sabia que vive en nosotros y que a veces se ahoga entre los miedos, las culpas, o, sencillamente, la tristeza y el dolor.

Cojo otra vez la cuchara, ¨vamos mamá, que está muy bueno¨..Mi madre me mira y sonríe, y abre la boca, y luego mastica… y yo, con algo tan sencillo como esto, soy simplemente feliz.

Olga Romanillos

El Claro de Luna

Recuerdo sus manos en el piano, donde podía pasarse horas. Tenía la cara seria, como si aquello que tenía entre los dedos fuera más grande que él mismo. Su mirada me transmitía el enorme respeto y amor que tenía por la música, la que siempre fuera su amante en los ratos libres que le dejaba su profesión de abogado, y siempre después del eje sobre el que giraba su vida, su mujer y sus hijos. A ella la conoció cuando eran muy jóvenes, y yo nunca me cansé de escuchar sus anécdotas de novios, que a él siempre le encantaba contar… Ése era mi abuelo, una persona fascinante que siempre llevo en mi corazón, y que puedo sentir cuando voy a visitarle a la residencia.

Aunque ya no tenemos aquellas grandes conversaciones filosóficas, ni puedo disfrutar de su pasional vehemencia sobre las teclas del piano, sus ojos brillan cuando me ve, y su gesto entusiasta sigue vivo. Ahora siento que aprendo aún más de él, porque cada vez que voy a visitarle me recuerda lo que considero más importante en la vida. Creo que ahora, mucho más que en su juventud de intelectual y abogado de prestigio, puedo aprender de él, así que me siento privilegiada de poder tenerle cerca. Lo que más me fascina es cuando nos sentamos en el jardín y dice “qué bonito este árbol”, y puede decirlo varias veces sin cansarse, ni cansarme a mí. Tiene esa capacidad de sorpresa que como filósofa siempre aspiré a alcanzar, y esa curiosidad innata tan jovial y alegre que a menudo se me olvida cultivar.

Ahora ya no interpreta el Claro de Luna en el piano. Sus manos no tienen fuerza, y su mente no fluye a la misma velocidad. Aunque si se la pongo, se siente feliz a pesar de que a menudo no sepa decir qué música es. Me encanta ese sentido del humor con el que se toma su falta de memoria, algo que nunca le ha preocupado porque creo que siempre valoró más su imaginación… Me dice a menudo “tengo una canción en la cabeza”; no sé si la compuse yo o de quién es. Pone una cara divertida, consciente de la cierta ironía de su frase. De vez en cuando asoma una clarividencia sorprendente que muestra que todavía está ahí algún vestigio de los ecos pasados… Pero la cuestión es que no recuerda de quién es lo que suena, por muy erudito que fuera en su día acerca de la música, hasta el punto de que a veces rozase el snobismo que le llevase a despreciar lo que él consideraba que “no era música”. Y puede tratarse del mismo Bethoven o Mozart o de su propia creación, pero no le importa en absoluto, sólo le importa que le gusta y punto. Por eso ahora lo que más le gusta es cantar las canciones más infantiles y sencillas. Probablemente de joven habría dicho que era una música vulgar, pero ha ganado en humildad e inocencia, y lo que ahora le encanta no necesita sonar correcto ni perfecto. Cantamos juntos y en seguida contagia a los otros abuelos que hay en la sala. Se produce en unos instantes un coro divertido e improvisado de voces cantando alguna canción popular española. Y yo no sé si sonreír o llorar de felicidad, porque esa perfección de lo sencillo cuesta encontrarla en otras situaciones del día a día…

Querido Avi, eres un Oasis en mi vida… Me siento afortunada de disfrutar de ti en el presente. Eso no quita que no haya momentos en que me encierre en mi cuarto, con el Claro de Luna de fondo, y llore el recuerdo y la nostalgia de aquello que nunca volverá… yo lo conservo; todo lo que has sido y nos has regalado a todos con tu vida entera, etapa a etapa, gesto a gesto, y también golpe a golpe… porque tú de golpes sabes mucho, como los que dabas al piano con tanto ímpetu y fuerza.

Beatriz Ariza

Yo sí recuerdo

Yo sí recuerdo, al principio, una fase muy desagradable de confusión y de desorientación. Recuerdo mucho dolor, todos sufrimos aquella fase y mi padre más. Porque durante aquella etapa se daba cuenta de todo y nadie entendía nada. Después vino el silencio. El silencio en nuestro corazón, la negación y poco a poco llegó la aceptación.

Recuerdo cómo nos cambió la vida de repente, cómo dejé de salir de fiesta hasta las tantas para poder estar en casa. Recuerdo los momentos de silencio, la no-conversación, el no hablar pero sentir; momentos mágicos de compañía, sonrisas y bromas y algún pesar a veces. Y sobre todo naturalidad; recuerdo todo con mucha naturalidad.

Dicen que los enfermos se olvidan, pero no. Esa mirada perdida siempre sonreía al verme cuando entraba por la puerta con aquel “pareeee ja estic aqui !” (¡Papá, ya estoy aquí!) pero también recuerdo perfectamente que nunca se olvidó de mi nombre; me llamaba Micalet y me he quedado Micalet. Porque nunca fue tan cariñoso mi padre como con la enfermedad. Yo recuerdo todo lo bueno.

Recuerdo los rituales, rituales de las pastillas, rituales del desayuno, otros rituales más desagradables, pero todo con mucho cariño y paciencia. Porque se merecen mucha paciencia. Ocho años de paciencia. Mucha paciencia y positivismo. No existe en esta enfermedad mañana, solo existe hoy y ahora, “que fem avui, pare?? On vols anar?” (¿Qué hacemos hoy papá, ¿a dónde quieres ir?) y al lío; porque la liábamos mucho para bien. Que un helado, había helado, que vamos a ver las Fallas, allá estábamos…

Lo que mejor recuerdo son los viajes, recuerdo Berlín, el paseo por el Tiergarten, la desorientación, el caos y la calma. Siempre había un caos y siempre se volvía a la calma, y al final del día, esa calma se convertía en satisfacción. Siempre. La de la calidad de vida que intentamos dar a mi padre. Hasta el último momento de su vida. Pero además hubo diversión, recuerdo la ilusión con que mi padre preparaba los viajes. Recuerdo esos maravillosos ayudantes que llevaban en los aeropuertos a la puerta de embarque la silla de ruedas. La sonrisa de las azafatas. Ellos se merecen lo mejor, siempre sofreídles cuando los veáis en los aeropuertos. Y recuerdo Roma y los croissants de desayuno de Pascuetta, y el reloj que se compró en Ginebra, porque quería tener un reloj suizo para poder presumir. Recuerdo cuando nos perdimos con el coche en Ginebra y de repente nos reímos todos en nuestra desesperación. Recuerdo aquel día cuando aparqué el coche en la plaza de la Iglesia de Sitges, no sé como llegué hasta ahí, es el amor familiar que mueve montañas, te lleva donde quieras. El caso es que acerqué a mi padre a la brisa del mar aquel día como un señor, porque mi padre era un señor y se merecía lo mejor. Recuerdo mucho la dignidad. Mi padre era para mí el abuelo más guapo y elegante del centro de día. Mucha dignidad a pesar de la enfermedad. Y la cabeza bien alta por la calle aunque nos mirasen mal, mucho más alta en esos casos. Y luego había paellas, esas paellas maravillosas que comíamos en los mejores restaurantes. Y yo siempre he pensado que en estos momentos mi padre era feliz. Y siempre he pensado que esta felicidad la transmitió y compartió con nosotros. Pienso que la enfermedad te permite compartir momentos especiales, que los enfermos te transmiten su sabiduría. Y pienso que la enfermedad nos acercó mucho, que nos unió, que de ahí se consolidó un amor paternal para siempre.

Yo lo recuerdo todo papá, te quiero donde estés y me acuerdo mucho de ti.

El Micalet

La cicatriz

Yo solo tenía 16 años cuando empecé a notar que mi madre actuaba de manera diferente. Se desorientaba más de lo normal cuando salía a la calle y su habilidad para hablar otros idiomas, que yo siempre había admirado, estaba desapareciendo. Tenía 45 años y mi padre había fallecido, de manera totalmente inesperada, hacía un año. La muerte  de mi padre fue un choque increíble para toda la familia, pero la manera en que mi madre procesó su pérdida y el dolor que esta le causó, marcaría su desaparición gradual de este mundo y de mi vida.  Cuando ella murió debido a los devastadores efectos de una demencia tipo Alzheimer, hablé en su funeral y dije a los asistentes que quien acababa de morir  era solo el diez por ciento de la mujer que mi madre había sido; el resto había ido despareciendo a lo largo de los seis años que había durado la enfermedad. Años en los que yo crecía como adolescente, como estudiante.. Eran años en los que trataba de encontrar mi camino en la vida sin mis padres, y como me  iba desenvolviendo bien, la situación de mi madre me parecía una carga. Me sentía obligado a visitarla en la residencia en la que la ingresamos cuando yo tenía 19 años, un sitio que yo aborrecía: los olores, los sonidos, el ambiente…y en medio de todo ello, la mujer que había sido mi madre y que rápidamente perdía mi respeto y la capacidad de conectar conmigo. Muchos años más tarde me di cuenta ( en terapia) de que realmente estaba furioso con mis padres por haberme ¨dejado¨ solo tan temprano en la vida..

Ahora, treinta años después (!!), el mensaje de Moving your Soul me deja un poso de tristeza y vergüenza. Qué poco esfuerzo hice por conectar con mi madre en aquellos tiempos, cuando aún era posible, aunque fuera de maneras diferentes a las habituales. De qué forma tan egoísta me di a mi mismo permiso para visitar a mi madre como máximo una hora y una vez a la semana, habiendo concluido que ¨ aquella mujer temblorosa en silla de ruedas ya no era realmente mi madre¨. El hecho es que yo no tenía ni idea de que existía otra perspectiva. No tenía la conciencia de que era posible mantener la conexión amorosa y de que esto me habría permitido honrar a mi madre y honrar, sobre todo, el vínculo existencial madre-hijo. No tuve ni las habilidades ni la madurez, ni tampoco la valentía necesarias para explorar nuevas maneras de comunicarme con ella y de comprender sus miedos así como la ansiedad que probablemente estos le producían.

A medida que han ido pasando los años mi empatía hacia mi madre en aquella residencia ha ido creciendo, así como el sentimiento de culpa por no haber sido el hijo cariñoso que ella se merecía.

Hace unos años, durante una excursión por la sabana africana, un guía Zulú me contó que su tribu creía que nuestros antecesores nos hablan a través del viento y la lluvia. Unos días después de aquella conversación y mientras soplaba una brisa suave, decidí  subir a un árbol y recostarme en una de sus ramas con los ojos cerrados. Por primera vez en mi vida y mientras el viento movía la rama en la que yacía, soñé que mi madre se me acercaba. Me sonrió, me besó y me dijo que siempre me había comprendido, que ella me había perdonado y que no servía de nada que yo siguiera castigándome. Finalmente pude reconciliarme con esta dolorosa cicatriz.

Ted

¡Mírame, estoy aquí!

No podré nunca olvidar tu mirada. Tenerte que dejar allí me producía tanto dolor, que sentía cómo día a día se iba quedando un trozo de mi corazón junto a ti. ¡Irme, dejarte en aquel sitio, rodeado de personas con cabezas perdidas, desubicadas por el dolor y la enfermedad, perdidas en su soledad, faltándoles lo esencial, lo único que en realidad les podría dar paz y consuelo: amor, sólo amor!

Yo conseguí descifrar sus gritos, voces y silencios. Realmente lo único que demandaban era:

“Mírame, estoy aquí, existo, no controlo mi cuerpo, pero yo sigo aquí, necesito tu respeto, tus caricias, tu voz, y ser de alguna manera escuchado. Estamos abocados a estar aquí, pero aún estamos vivos. Nuestra memoria nos ha abandonado, pero vosotros aún podéis hacer uso de ella, no nos olvidéis, no nos dejéis como algo que ya no siente, ni existe. Estamos aquí, seguimos aquí, ayúdanos, ayúdanos…”

Sólo el amor puede darles todo lo que esta enfermedad tan cruel como es el alzhéimer les ha arrebatado.

Si algo he aprendido en este tiempo, es que el amor no tiene límites. Que a consecuencia de esta enfermedad, a tu lado, se fue haciendo más y más grande mi corazón. Tenía tanto que darte que no hubiera podido ser de otro modo.

Siempre supe lo mucho que te había querido. Sentía cómo mi amor por ti corría por este gran entramado venoso que recorre mi cuerpo, abriéndose paso con cada latido, dilatando mis venas para terminar vaciándose y golpeando con fuerza en mi corazón, retornando a éste una y otra vez hasta quedar sin fuerzas y desfallecer.

Mi amor pudo abandonar su cuerpo en el que se encontraba atrapado, el 1 de Mayo de 2014, a los 64 años, después de once años de enfermedad.

Hoy se encuentra libre, entre nosotros, en el universo, cerca de las estrellas. Y hoy es él, el que con su luz nos acaricia y nos cuida.

Merce

Madrid, España.

Tu padre se retrasa hoy

“Hola mamá.”

“Hola cariño. Aquí estoy, esperando a tu padre que hoy se retrasa.”

“No te preocupes mamá, habrá tenido una reunion de última hora. Ya sabes que él está siempre deseando salir de la oficina para venir a casa contigo.” (Al oír esto a  María se le ilumina la mirada)

“Sí, es un hombre muy bueno; ya de novios no había un día que no viniera a visitarnos al salir de la oficina y eso que le pillaba lejos. ¡Qué hombre! (a María se le dibuja una gran sonrisa en la cara)”

“Pero hoy se retrasa…….voy a ir poniendo la mesa (su gesto torna a preocupado)”.

“Sí mamá, vamos para el comedor que ya va habiendo gusa”.

“Siempre has sido una niña muy buena, has salido a tu padre.  Por cierto, parece que hoy se retrasa”.

“Sí, es extraño; habrá tenido una reunion de última hora. Porque él siempre está deseando salir de la oficina para venir a casa contigo (A María se le vuelve a iluminar la mirada, mientras que su hija Raquel la lleva suavemente de la mano al comedor de la residencia)”.

No es raro que una persona con demencia se sumerja en escenas de su pasado. En esos momentos- minutos, horas o días- a nosotros, sus familiares, se nos puede hacer difícil el comunicarnos con ellos; puede que incluso, con nuestra mejor intención, contemplemos como único recurso el sacar a nuestro ser querido de “su error “ y así traerlo a “la realidad”.  A nuestra realidad.

Pero, ¿qué error? ¿Qué es la realidad sino tan solo el instante presente? Ese suspiro que sucede al anterior y que nunca vuelve y que nunca fue. ¿Y si nos trasladáramos con nuestra madre a allí  donde ella está? Si ella tiene una hija de 8 años y está esperando con impaciencia a su amor para cenar, ¿por qué no abrir nuestra mente y encontrarnos con ella ahí? Convirtámonos en esa niña de 8 años que junto a su madre espera ilusionada a su padre. Y disfrutemos de ese brillo en la mirada que se le pone a María al darse cuenta de todo lo que su marido la quiere.

Susana García

-Moving your Soul-

¨Chisgaravís¨

Demasiados momentos, demasiados buenos momentos, para ver que ahora apenas queda la mirada perdida, palabras desordenadas, y el regalo de alguna sonrisa que posiblemente venga de alguna idea feliz que en ese pequeño momento la lucidez le permite rescatar. Chisgaravís.

Así empezó todo. Una palabra inventada para sustituir las primeras lagunas de la mente: pásame el chisgaravís… ponte el chisgaravís que hace frío… Era divertido, hasta nosotros utilizábamos “su palabra”, porque “lógicamente” no eran más que despistes de la edad. No podía ser nada más.

Pero poco a poco, muy lentamente, llega el momento en que son demasiadas las palabras que faltan, llegan las primeras confesiones de sus olvidos: “tengo que darte algo y no sé lo que es”. Y yo le decía “déjate ayudar mamá, somos muchos para ayudarte”, pero me respondía: “si me dejo ayudar es el fin”. Desde entonces aprendimos a contestar a sus preguntas repetidas, como si cada una de ellas fuera la primera vez que las hacía, a ayudarla haciéndole sentir que era ella quien hacía las cosas, a disimular cada vez que se equivocaba. A revisar lo que hacía sin que se diera cuenta. Porque la mejor medicación para esta enfermedad es dar.

Ahora Laila nos mira, a veces nos descubre y se alegra, otras no sabe quién somos, pero estoy segura de que cada frase que le decimos, cada beso que le damos, cada canción que escucha (la música era su pasión) tiene un espacio -por pequeño que sea- en su mente. Por nuestra parte, seguiremos celebrando cada sonrisa, cada gesto de alegría cuando nos descubre a su lado.

Siempre ha dado mucho… tiene que recibir más

Jeannette Cid André

Orgullo de nieta

Hace justamente una semana viví uno de esos momentos que van más allá de la pura emoción. Uno de esos momentos únicos, que te reconcilian con la vida y cierran un círculo, que te hacen experimentar y SENTIR la belleza… que no es otra cosa que magia condensada en un solo instante.

Aquel día me levanté ardiendo en deseos de ver a mi abuelo después de haber escrito en mi blog sobre él. Necesitaba verlo, contárselo. Pensaba que probablemente la demencia que sufre le impediría entenderme, pero aun así había que apostar por la magia. Mi abuelo ha perdido prácticamente todas sus facultades, pero hay algo de su personalidad que se resiste a desaparecer: la ternura. Mi abuelo te agarra de las manos nada más verte y las cubre de besos. Mi abuelo te abraza con tal fuerza que le tiembla el cuerpo entero, lo hace hasta el borde de la asfixia, como si no le importara morir de esa forma. Mi abuelo se echa a llorar de pura emoción, de amor infinito, cuando te toma la cara entre sus manos y balbucea “te quiero”. Mi abuelo… que ya no puede hablar apenas, pero tampoco lo necesita.

Aquel día la vida decidió premiarme con uno de sus pocos vestigios de lucidez. Lo supe por la forma de mirarme. Alzó las cejas, asintió y agarró mis manos con fuerza, así que le enseñé en el móvil el blog, con la foto que había publicado sobre él. Me soltó las manos, agarró el móvil tembloroso y los ojos se le llenaron de lágrimas al reconocerse. Le expliqué que había escrito sobre él, sobre todas las cosas que me había enseñado, su eterno apoyo y su amor incondicional. Le pregunté si quería que le leyera el post, y asintió, devolviéndome el móvil y agarrándome la mano de nuevo.

Se lo leí, al oído. Íntegro. Creo que jamás he leído algo con tanta emoción, intensidad y respeto, ni me había sentido tan orgullosa de escribir. Mi abuelo me apretaba la mano en cada punto de inflexión… y hacia el final se deshizo en un torrente de lágrimas, que iban cayendo una a una sobre mi mano. Conseguí deshacer el nudo en mi garganta y las insoportables ganas de llorar, abrazada a él, hasta borrar todo el dolor pasado estos años, pero al acabar de leer, me rompí. Nos abrazamos llorando, y entonces él me agarró la cara entre las manos y susurró: “Mi cielo“. Como siempre. Entre lágrimas le di las gracias por todo, le dije que lo quería con el alma, que era imposible sentir más orgullo por alguien, y que una y mil veces volvería a ser su nieta, si la vida finalmente nos dejara repetir. Él intentó hablar, sin éxito… Pero su forma de mirarme, de acariciarme la cara, de apretar mi mano… fueron la mayor y más clamorosa manifestación de amor y orgullo que una persona puede regalarle a otra.

En ese momento eterno llegó mi marido y nos hizo una foto. Me sequé las lágrimas y sonreí desde el alma, feliz, completa… En ese instante yo era un proyector de amor, me sentía en armonía con el mundo, una privilegiada por haber conseguido aprehender el amor de una vida entera en un solo instante.

Esta foto habla de un amor que crece y se consolida con el tiempo, un amor puro, que no entiende de edades ni fronteras, que está más allá de la vida y la muerte; un amor atemporal, eterno, esa clase de amor que no necesita palabras, que se expresa simplemente con miradas, caricias y sencillos gestos cómplices. El amor que mi abuelo y yo nos hemos profesado siempre… y que el pasado sábado estalló a pesar de los devastadores efectos de su demencia y el angustioso e inexorable avance de una despedida que todos estamos destinados a VIVIR.

Esta foto habla del orgullo de una nieta, de la aprendiz que agarra las manos de su maestro y siente su fuerza a pesar del debilitado cuerpo que aún lo conforma. Habla de una clase de amor que toda persona debería atesorar en su vida. Agradecer. Y aprovechar… hasta el último aliento.