Abuelita, un poema de Nayeli a su abuela con Alzheimer

Acabamos de recibir desde Berlín este testimonio de conexión entre abuela y nieta.
Nayeli, la nieta de 17 años, busca la manera de estar con Blanca Nieves, su abuela, y en esa búsqueda, nace un poema. No es el primer poema que recibimos de familiares de personas con Alzheimer. No encuentran la forma de expresarse fuera del lenguaje convencional y así, la forma poética les permite abrir el corazón a una experiencia especial: la del amor y la comunicación que salta barreras…
Moving Your Soul
Otra manera de vivir el Alzheimer

Hijas y madres

Cuando viajamos, algo se transforma dentro de nosotros, si dejamos que la experiencia nos cale. Algo similar ocurre con el Alzheimer: es un viaje de ida, sin regreso, y queramos o no, nos remueve hasta los cimientos. Al principio nos resistimos a aceptar lo que implica, sobre todo las despedidas que conlleva. Y también nos asusta pensar en lo que está por llegar.

Este ebook es una suma de relatos reales de hijas sobre la forma en que han vivido la demencia de sus madres. Cada uno de estos testimonios representa en realidad una etapa que muchas personas atraviesan en este viaje de aprender a vivir con la demencia. Desde el dolor hasta la alegría, pasando por las dudas, la nostalgia y los miedos.

Algunas de las protagonistas de estos testimonios ya llegaron al final de su viaje, y otras continúan en él. Si tú estás en medio del tuyo, puede que estas historias te ayuden a arrojar luz en tu propio camino.

Olga Romanillos & Beatriz Ariza

Un mar de regalos

Junio de 2016. Un neurólogo confirma las sospechas que presentía desde hacía un par de años: mi padre tiene Alzheimer. La noticia llegó sin paños calientes de la mano de un profesional que, por fin, ponía nombre a lo que mi madre, mi hermano y yo intuíamos.

“Papá no está bien, no es el mismo, no mira, no comunica igual…”.

Tras unos años en los que no conseguimos respuestas, al fin llegaba una confirmación tan dolorosa como fuente de alivio.

Dolor, por escuchar el nombre de una enfermedad neurodegenerativa sin cura hasta la fecha. Alivio, por saber por fin cómo me podía preparar, sobre todo emocionalmente, para acompañar a mi familia en esta nueva etapa de nuestra vida en común. Y digo “mi familia” y no sólo mi padre porque el reto se nos presentaba a los tres, cada uno con su perfil y su forma individual y única de darle el sentido más pleno a lo que la vida nos depara.

Hasta la fecha, las incertidumbres han sido múltiples, sobre todo frente a un tratamiento que modifica día a día la actitud, la energía y el humor de mi padre. Sin embargo, aunque persiste por momentos mi tristeza de adulta por no reconocer a mi padre y mi desamparo de niña que no encuentra ya al que solía reconfortarla, estoy viviendo una de las etapas más bonitas, profundas y serenas en el conocimiento de un ser maravilloso que me ha dado y me sigue dando mucho.

Estoy compartiendo momentos con él que me llegan directamente al corazón…

Desde los primeros momentos, de vacaciones frente al mar, en el que me compartió su miedo y su tristeza y me pidió entre lágrimas que no le dejase nunca. Hasta días más cercanos, en los que me confesó que estaba “poco hablador”, casi como una disculpa, mientras seguíamos caminando por el campo y, de repente, me relataba momentos muy personales y nunca antes expresados a su hija.

Hoy muchos filtros han saltado en la conversación con mi padre. Nos encontramos en las palabras que quedan y nos comunicamos con abrazos frecuentes que le reclamo sin ningún pudor. Y conectamos con las canciones que vamos desgañitando en el coche o en mitad de su cocina mientras nos marcamos unos pasitos de baile. Quedan los clásicos como Nat King Cole que destilan tanta elegancia como cuando mi padre se arregla despacito y con esmero para salir a la calle. Y como siempre le recuerdo lo bien que huele, nunca pisa el umbral de la puerta sin perfumarse.

alzheimer

Se ha perdido la chispa en la mirada de mi padre pero queda la chispa en la conexión que he descubierto con él, a través de los abrazos, las risas y todo el cariño que me infunde. Su inseguridad se vuelve mi energía para guiarle, acompañarle y mimarle. Y le admiro profundamente por la forma que tiene de luchar a su manera, por empeñarse en poner la mesa, a pesar de que el mantel quede torcido y los cubiertos en un lugar que no les corresponde, en salir a la calle a hacer recados en el barrio con la nota que le deja escrita mi madre, o en terminar una “sopa de letras”, aunque le soplemos dónde está la palabra que le falta.

Admiración hacia mi padre por su coraje, su belleza interior, su luz y su profundo amor a su familia, fortalezas que comparte con mi madre, una mujer tan extraordinaria como el hombre con el que se casó hace ya más de 43 años.

La vida me está dando el inmenso regalo de recordar que lo bello, lo que importa, lo que me llena se encuentra en los momentos con sentido compartidos con mis seres queridos, que la comunicación es más auténtica cuando sobran las palabras y que mi camino ahora tiene un significado más profundo y más sereno.

Gracias, Papá,

Mónica.

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Vídeo con los Aprendizajes del Alzhéimer

En Moving Your Soul hemos estado años recogiendo testimonios de grandes personas que han sabido encontrar en la enfermedad de Alzhéimer , más allá del dolor y la tristeza , un motivo de alegría , crecimiento y aprendizaje para sus vidas. Hace unas semanas decidimos hacer una nueva pregunta a través de las redes sociales: 

¿Qué has aprendido del Alzhéimer?

En este vídeo se pueden ver las respuestas tan inspiradoras que hemos recibido, seleccionadas y traducidas con toda nuestra mejor intención y gratitud. Decenas de personas de diferentes partes del mundo han compartido en pocas palabras un mensaje esperanzador acerca de la demencia o el Alzhéimer.

Gracias a todos por participar! Esperemos que disfrutes del vídeo, y si conoces a alguien que pueda apreciarlo, por favor difúndelo!!

Algo ha cambiado

change alzheimers

Algo ha cambiado. Mastica un par de veces la comida que le acabo de dar y se para. Para mi asombro y desesperación, ha dejado de masticar y, con la mirada curiosa, lleva su atención de aquí para allá, mientras mantiene inmóvil la comida en la boca. Es como si estuviera perdiendo el reflejo automático de triturar y tragar. Tengo que darle un poco de líquido para que ese primer impulso, que aún permanece, se active y finalmente, mi madre, trague todo lo que tiene en la boca.

Y de repente asoma el miedo, ese viejo conocido. El miedo de estar ante otra bajada de peldaño en la escalera descendente que el Alzheimer representa en la vida de una persona. Mi madre, a la que ahora alimento como ella hacía conmigo hace muchos años, me vio crecer y ahora yo tengo que verla menguar. Y a menudo me frustro en ese afán de que mantenga las facultades que le quedan, bocado a bocado. Ella, ajena a mis miedos y frustraciones ( o quizás no..) me mira, sonríe, luego mira hacia otro lado, frunce el ceño, entra y sale de su mundo y de repente, en una fracción de segundo, nuestros ojos se encuentran y disfrutamos de un instante de conexión auténtica.

Ella no sabe de mis miedos, que van cambiando a medida que pasan los meses y los años. Mirando atrás veo que ya pasé por el miedo de que dejara de ser una mujer independiente, por el miedo de que dejara de caminar, el miedo a que dejara de reconocernos a mi hermano y a mí, el miedo a que dejara de hablar… Todo eso ya ha ocurrido y ahora me enfrento a miedos nuevos, el miedo a que se olvide de cómo comer.

En la residencia en la que mi madre vive desde hace cinco años, puedo ser testigo de la fase que se aproxima. Otros residentes ya han bajado ese peldaño: se atragantan cuando comen, la comida entra es sus vías respiratorias y les causan momentos angustiosos de ahogo. Otros tienen una sonda implantada a través de una abertura en el abdomen que les lleva la comida directamente al estómago.

Hace poco descubrí que mi hermano y yo podemos decidir, cuando llegue el momento si alimentar o no a mi madre a través de la sonda. Mi primera reacción fue de nuevo la sorpresa y el temor: ¿voy a tener que tomar tan pronto una decisión que supone la vida o la muerte de mi madre , quizás en unos meses?¿Cómo voy a decidir en una dirección o en la otra? Si optamos por no poner la sonda la veremos morir, por ahogo o por inanición. Si se la ponen, estaremos prolongando una vida con menos calidad aún de la que ahora tiene además de hacerla pasar por una intervención quirúrgica y una fase muy dura de adaptación.

Este es uno de los muchos momentos dolorosos y decisivos en la vida de un familiar de alguien que padece de Alzheimer u otra demencia similar. Uno de esos momentos en los que más sentimos la soledad y el desamparo en el acompañamiento y cuidado de la persona que tanto queremos. Y es uno de esos momento en lo que necesitamos no solo la información médica que nos dé claridad sobre el desarrollo de la enfermedad y sus consecuencias, sino también el apoyo de alguien que nos ayude a tomar las decisiones en integridad con nuestros valores. Y es que nadie nos va a decir qué es lo mejor para nuestro ser querido. ¿Qué es lo mejor para mi madre? Yo quiero evitar su sufrimiento, por supuesto, pero, ¿cuál es la mejor manera?

Muchas personas nos darán consejos, con la mejor intención. Pero en estos momentos, los familiares, los que tenemos que tomar las decisiones, necesitamos escuchar nuestra propia voz y confiar en nuestra propia sabiduría, esa que nace de nuestro recorrido vital y del profundo amor que sentimos por nuestro ser querido… y por nosotros mismos. Por eso , más que consejos, necesitamos a alguien que tenga la capacidad de escuchar esa voz sabia que vive en nosotros y que a veces se ahoga entre los miedos, las culpas, o, sencillamente, la tristeza y el dolor.

Cojo otra vez la cuchara, ¨vamos mamá, que está muy bueno¨..Mi madre me mira y sonríe, y abre la boca, y luego mastica… y yo, con algo tan sencillo como esto, soy simplemente feliz.

Olga Romanillos

En diciembre iremos de estreno: “How you are to me”

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Muchas veces me pierdo en Internet, navegando de un sitio a otro, hasta que veo que he malgastado media hora sin llegar a ninguna parte. Pero otras veces hago un “click mágico” que me pone en contacto con aquello que me estaba esperando y que me llena de inspiración.

Eso me pasó la semana pasada, cuando me encontré por casualidad con el proyecto de Evan Bass en una web de crowfunding a través de la cual están recaudando el dinero que necesitan para llevarlo a cabo. Se trata de una película. Ellos cuentan así su proyecto:

El corto se centra en una pareja. Ella tiene Alzhéimer y su marido la cuida las 24 horas del día. La historia trata de un día corriente en sus vidas, en el punto crucial en el que superan la fase inicial de la enfermedad, cuando el cuidador empieza a sentirse desbordado y que no puede manejar la situación él solo. El corto muestra los problemas de comunicación que surgen, pero también los momentos de máxima alegría, que se pueden encontrar incluso cuando una persona está en una fase final de esta demencia. La historia narra la montaña rusa diaria que supone la vida de alguien que vive con la enfermedad de Alzheimer y de los que le cuidan, e incluye tanto las realidades del dia a dia de los que viven con la enfermedad como el uso de las artes o los recuerdos del pasado como herramientas para crear conexión. La película también introduce y analiza las técnicas concretas que ayudan a comunicar mejor y conectar más con el ser querido que tiene Alzhéimer.

Sí, éste es el tipo de iniciativas que tanta falta hacen en el mundo del Alzhéimer y otras demencias similares. Porque no sólo tenemos que concienciarnos sobre lo difícil que resulta convivir o cuidar a alguien que tiene esta enfermedad, tenemos que ir mucho más allá y aprender a relacionarnos de nuevas maneras. Así descubriremos el ´puro gozo¨ de la conexión más honesta y profunda que puede tener lugar entre dos seres humanos.

Si tienes unos euros en el bolsillo y quieres hacer con ellos algo que valga la pena, desde Moving your Soul te animamos a invertirlos en esta preciosa idea.

How you are to me, the Project

Olga Romanillos

El Claro de Luna

Recuerdo sus manos en el piano, donde podía pasarse horas. Tenía la cara seria, como si aquello que tenía entre los dedos fuera más grande que él mismo. Su mirada me transmitía el enorme respeto y amor que tenía por la música, la que siempre fuera su amante en los ratos libres que le dejaba su profesión de abogado, y siempre después del eje sobre el que giraba su vida, su mujer y sus hijos. A ella la conoció cuando eran muy jóvenes, y yo nunca me cansé de escuchar sus anécdotas de novios, que a él siempre le encantaba contar… Ése era mi abuelo, una persona fascinante que siempre llevo en mi corazón, y que puedo sentir cuando voy a visitarle a la residencia.

Aunque ya no tenemos aquellas grandes conversaciones filosóficas, ni puedo disfrutar de su pasional vehemencia sobre las teclas del piano, sus ojos brillan cuando me ve, y su gesto entusiasta sigue vivo. Ahora siento que aprendo aún más de él, porque cada vez que voy a visitarle me recuerda lo que considero más importante en la vida. Creo que ahora, mucho más que en su juventud de intelectual y abogado de prestigio, puedo aprender de él, así que me siento privilegiada de poder tenerle cerca. Lo que más me fascina es cuando nos sentamos en el jardín y dice “qué bonito este árbol”, y puede decirlo varias veces sin cansarse, ni cansarme a mí. Tiene esa capacidad de sorpresa que como filósofa siempre aspiré a alcanzar, y esa curiosidad innata tan jovial y alegre que a menudo se me olvida cultivar.

Ahora ya no interpreta el Claro de Luna en el piano. Sus manos no tienen fuerza, y su mente no fluye a la misma velocidad. Aunque si se la pongo, se siente feliz a pesar de que a menudo no sepa decir qué música es. Me encanta ese sentido del humor con el que se toma su falta de memoria, algo que nunca le ha preocupado porque creo que siempre valoró más su imaginación… Me dice a menudo “tengo una canción en la cabeza”; no sé si la compuse yo o de quién es. Pone una cara divertida, consciente de la cierta ironía de su frase. De vez en cuando asoma una clarividencia sorprendente que muestra que todavía está ahí algún vestigio de los ecos pasados… Pero la cuestión es que no recuerda de quién es lo que suena, por muy erudito que fuera en su día acerca de la música, hasta el punto de que a veces rozase el snobismo que le llevase a despreciar lo que él consideraba que “no era música”. Y puede tratarse del mismo Bethoven o Mozart o de su propia creación, pero no le importa en absoluto, sólo le importa que le gusta y punto. Por eso ahora lo que más le gusta es cantar las canciones más infantiles y sencillas. Probablemente de joven habría dicho que era una música vulgar, pero ha ganado en humildad e inocencia, y lo que ahora le encanta no necesita sonar correcto ni perfecto. Cantamos juntos y en seguida contagia a los otros abuelos que hay en la sala. Se produce en unos instantes un coro divertido e improvisado de voces cantando alguna canción popular española. Y yo no sé si sonreír o llorar de felicidad, porque esa perfección de lo sencillo cuesta encontrarla en otras situaciones del día a día…

Querido Avi, eres un Oasis en mi vida… Me siento afortunada de disfrutar de ti en el presente. Eso no quita que no haya momentos en que me encierre en mi cuarto, con el Claro de Luna de fondo, y llore el recuerdo y la nostalgia de aquello que nunca volverá… yo lo conservo; todo lo que has sido y nos has regalado a todos con tu vida entera, etapa a etapa, gesto a gesto, y también golpe a golpe… porque tú de golpes sabes mucho, como los que dabas al piano con tanto ímpetu y fuerza.

Beatriz Ariza

La cicatriz

Yo solo tenía 16 años cuando empecé a notar que mi madre actuaba de manera diferente. Se desorientaba más de lo normal cuando salía a la calle y su habilidad para hablar otros idiomas, que yo siempre había admirado, estaba desapareciendo. Tenía 45 años y mi padre había fallecido, de manera totalmente inesperada, hacía un año. La muerte  de mi padre fue un choque increíble para toda la familia, pero la manera en que mi madre procesó su pérdida y el dolor que esta le causó, marcaría su desaparición gradual de este mundo y de mi vida.  Cuando ella murió debido a los devastadores efectos de una demencia tipo Alzheimer, hablé en su funeral y dije a los asistentes que quien acababa de morir  era solo el diez por ciento de la mujer que mi madre había sido; el resto había ido despareciendo a lo largo de los seis años que había durado la enfermedad. Años en los que yo crecía como adolescente, como estudiante.. Eran años en los que trataba de encontrar mi camino en la vida sin mis padres, y como me  iba desenvolviendo bien, la situación de mi madre me parecía una carga. Me sentía obligado a visitarla en la residencia en la que la ingresamos cuando yo tenía 19 años, un sitio que yo aborrecía: los olores, los sonidos, el ambiente…y en medio de todo ello, la mujer que había sido mi madre y que rápidamente perdía mi respeto y la capacidad de conectar conmigo. Muchos años más tarde me di cuenta ( en terapia) de que realmente estaba furioso con mis padres por haberme ¨dejado¨ solo tan temprano en la vida..

Ahora, treinta años después (!!), el mensaje de Moving your Soul me deja un poso de tristeza y vergüenza. Qué poco esfuerzo hice por conectar con mi madre en aquellos tiempos, cuando aún era posible, aunque fuera de maneras diferentes a las habituales. De qué forma tan egoísta me di a mi mismo permiso para visitar a mi madre como máximo una hora y una vez a la semana, habiendo concluido que ¨ aquella mujer temblorosa en silla de ruedas ya no era realmente mi madre¨. El hecho es que yo no tenía ni idea de que existía otra perspectiva. No tenía la conciencia de que era posible mantener la conexión amorosa y de que esto me habría permitido honrar a mi madre y honrar, sobre todo, el vínculo existencial madre-hijo. No tuve ni las habilidades ni la madurez, ni tampoco la valentía necesarias para explorar nuevas maneras de comunicarme con ella y de comprender sus miedos así como la ansiedad que probablemente estos le producían.

A medida que han ido pasando los años mi empatía hacia mi madre en aquella residencia ha ido creciendo, así como el sentimiento de culpa por no haber sido el hijo cariñoso que ella se merecía.

Hace unos años, durante una excursión por la sabana africana, un guía Zulú me contó que su tribu creía que nuestros antecesores nos hablan a través del viento y la lluvia. Unos días después de aquella conversación y mientras soplaba una brisa suave, decidí  subir a un árbol y recostarme en una de sus ramas con los ojos cerrados. Por primera vez en mi vida y mientras el viento movía la rama en la que yacía, soñé que mi madre se me acercaba. Me sonrió, me besó y me dijo que siempre me había comprendido, que ella me había perdonado y que no servía de nada que yo siguiera castigándome. Finalmente pude reconciliarme con esta dolorosa cicatriz.

Ted

Música para un encuentro

Moving Your Soul, Another Way To Live With Alzheimer's

Esta mañana en la residencia.

Yo: Me encanta como toca

Paco: Es Albéniz. Me alegro de que estés disfrutando de la música. Yo creo que la vida es para disfrutarla, para eso nos la ha dado Dios

Yo: Ya, lo que pasa es que siempre tenemos tantas cosas en la cabeza..

Paco: Ay, la cabeza, la pobre… Se acostumbra a lo que le damos. La de mi padre se acostumbró al vino..

Yo: Sí, pero la música alimenta el alma

Paco: El alma la tenemos abandonada… Qué ojos tan bonitos tienes, cómo brillan.. Me alegran la mañana

Yo: Gracias, su música está alegrando la mí

Entonces me cogió la mano y, mirándome con ternura,  me dijo ¨que Dios te bendiga¨. A lo que solo pude responder ¨que Dios le bendiga a usted también¨.

Paco padece Alzheimer desde hace 4 años, y vive en la residencia donde también vive mi madre.

Hoy Paco me ha recordado que para conectar con otro ser humano solo hace falta mirarle y escucharle con el corazón. Lección de vida.

Olga

El día que mi padre se escapó de la residencia

Como cada tarde, al llegar, aparcaba el coche a la sombra del primer árbol disponible en esos tórridos días de julio. Y como cada día, sentía en el estómago esa punzada de inquietud y en mis piernas la premura de llegar cuanto antes para recibir esa pedazo sonrisa y el baile de sus ojos. Tras dar las buenas tardes en la recepción subí de tres en tres las escaleras y sonriendo ya abrí la puerta del hall por donde él solía dar sus paseos como si intuyera mi llegada. Al no verlo allí me fui directa a su habitación. No estaba. Estará en el baño. Tampoco. Robando la merienda tal vez -me habían comentado que a veces mi padre se colaba en la cocina y  a hurtadillas se guardaba algunos bollos en los bolsillos, fue siempre goloso-  Nada.

Y se marchó…..

            Aún hoy, dos años después, siento el mismo martilleo en mi frente de aquel día y no soy capaz de recordar todo lo sucedido con claridad aunque sin duda está grabado a fuego, segundo a segundo, detalle a detalle, en el universo de mi subconsciente.

Mi padre no estaba y nadie sabía darme una pista de dónde podría estar. Incredulidad, angustia, parálisis, cada una de mis células quería desesperadamente despertarse de ese horrible sueño, esa pesadilla que no podía estar sucediéndome a mí, no podía ser, no era justo para mi madre.

Habíamos llevado a mi padre a esta residencia con el fin de que mi madre pudiera descansar durante al menos unas semanas. Cualquier persona que tenga un familiar con Alzhemier entenderá mejor que nadie el gradual agotamiento del cuidador principal, esa persona, en nuestro caso mi madre, que sin esperar nada a cambio empeña cada hora de sus días, de cada año, en proporcionar la atención y los cuidados que su ser querido con demencia requiere. Cada semana una necesidad nueva, un poquito más pendiente, un poquito más cansada….

Huelga decir que las más de 10 horas que mi padre estuvo de picos pardos por las calles de Madrid ese caluroso día de julio, fueron las peores de mi vida, ahora sé que lo fueron. Muchas imágenes sobrepuestas, la presencia constante de mi familia y mis amigos, muchos kilómetros al volante, cientos de calles y rincones recorridos con la esperanza y con el temor también de encontrar lo que no queríamos.

Las andanzas de Facundo

¿Dónde podría estar mi padre, ese señor bajito y delgado con un Alzheimer avanzado, rebelde desde que fue traído a este mundo, hacía ya 76 años,  desorientado, sin identificación y sin un céntimo de euro en el bolsillo? Por más que intentaba ponerme en su piel más a ciegas me hallaba. Papá ¿dónde necesitas ir? ¿Qué impulsos dictan tus pasos?

Si mi cerebro hubiera estado lúcido esa tarde, habría oído la voz de mi intuición y habría sabido que mi padre necesitaba lo que hizo, que su corazón iba marcando el ritmo de sus pasos. Gracias a las pistas que las increíbles personas que me acompañaron en su búsqueda obtuvieron supimos de las andanzas de Facundo, mi padre.

En primer lugar y tras camuflarse en una maceta de gran envergadura junto a la puerta principal, mi padre consiguió escabullirse de la residencia confundiéndose entre los familiares que iban y venían de visita -esto está grabado-. Ahí comenzó su andadura y aunque no sabemos el orden exacto, realizó dos paradas en sendos bares donde pidió, se bebió y no pagó alguna que otra cerveza. Desde su jubilación anticipada, hacía ya más de 15 años, la vida social de mi padre se había reducido a su paseo matinal de más de dos horas -ritual que nunca falló- y al posterior aperitivo  en alguno de los bares de su barrio de toda la vida, mi barrio, donde departía con los habituales vecinos, siempre a través de su sentido más desarrollado, su extraordinario sentido del humor y de sus bromas.

Así que aquella tarde de julio mi padre hizo lo que sabía, lo que estaba grabado en su cerebro por tantos años de rutina: pasear, relacionarse con otros, hacer sus chistes y tomar sus cañitas. Ni más ni menos. Tan básico y tan obvio. Pero durante más de 15 años, tras el paseo y el aperitivo, mi padre siempre iba a casa.

Así que, ese día, tras su caminata, sus chascarrillos y sus cañas, mi padre necesitó volver a casa. Según los testimonios, abordó a un taxista en espera de clientes y  le preguntó que por dónde se iba a la Calle Narváez. Fue en esta calle donde mi padre tuvo su primer hogar a su llegada a Madrid desde Córdoba (rondaría sus 14 años) y donde vivió con su madre y sus hermanas hasta que se casó, unos veinte años después. Esta calle estaba a más 10 km de donde mi padre se hallaba. Así que debió desorientarse y siguió caminando.

 

Necesito ir a casa

Nos los trajo a casa desde las afueras de Madrid un taxista, un ángel, que no quiso mirar para otro lado esa madrugada de julio y que eligió tomarse la molestia de comprobar quién era ese hombre de aspecto frágil y desubicado que quería ir a SU CASA sin saber dar más detalles.

Ningún héroe fue nunca recibido con más alegría y por descontado con más amor  que con el que mi padre, Facundo,  fue acogido al bajar de ese taxi. Sorprendido de vernos a tantos y tan queridos, nada más poner el pie en el suelo nos regaló una de sus sonrisas más impactantantes que por un momento nos dejó a todos sin habla y con el corazón queriendo salirse de nuestro pecho, más vivo y agradecido que nunca.

A día de hoy quedan muchas preguntas que ya no tendrán respuesta sobre lo que pasó durante esas diez horas. ¿Cómo consiguió colarse en el metro? ¿Fue una casualidad que de entre todas las líneas de Moncloa escogiera la que le llevaba a Villaverde Alto, donde estuvo su primer trabajo? ¿Qué pasaría por su cabeza durante tanto tiempo? ¿Nos habría echado mucho de menos? 

Mi padre hizo en el fondo lo que todos habríamos hecho

Facundo ya no está con nosotros para contarnos pero ese día hizo lo que cualquier persona habría hecho: huir de un sitio que no reconocía y en el que se sentía muy incómodo, hacer lo que mejor sabía y más bienestar  le proporcionaba para luego recogerse en su nido, en su hogar, donde sabía que estaría seguro y rodeado de amor. Su corazón le llevó finalmente a casa. Las personas con Alzheimer siguen siendo personas. Al igual que nosotros, los que nos llamamos “sanos”, ellos también necesitan sentirse amados, seguros, reconocidos e integrados. Aunque lo expresen de otra forma. De nosotros precisamente depende el querer reconocer estas necesidades y saber escucharlas.

Susana García