¡Mírame, estoy aquí!

No podré nunca olvidar tu mirada. Tenerte que dejar allí me producía tanto dolor, que sentía cómo día a día se iba quedando un trozo de mi corazón junto a ti. ¡Irme, dejarte en aquel sitio, rodeado de personas con cabezas perdidas, desubicadas por el dolor y la enfermedad, perdidas en su soledad, faltándoles lo esencial, lo único que en realidad les podría dar paz y consuelo: amor, sólo amor!

Yo conseguí descifrar sus gritos, voces y silencios. Realmente lo único que demandaban era:

“Mírame, estoy aquí, existo, no controlo mi cuerpo, pero yo sigo aquí, necesito tu respeto, tus caricias, tu voz, y ser de alguna manera escuchado. Estamos abocados a estar aquí, pero aún estamos vivos. Nuestra memoria nos ha abandonado, pero vosotros aún podéis hacer uso de ella, no nos olvidéis, no nos dejéis como algo que ya no siente, ni existe. Estamos aquí, seguimos aquí, ayúdanos, ayúdanos…”

Sólo el amor puede darles todo lo que esta enfermedad tan cruel como es el alzhéimer les ha arrebatado.

Si algo he aprendido en este tiempo, es que el amor no tiene límites. Que a consecuencia de esta enfermedad, a tu lado, se fue haciendo más y más grande mi corazón. Tenía tanto que darte que no hubiera podido ser de otro modo.

Siempre supe lo mucho que te había querido. Sentía cómo mi amor por ti corría por este gran entramado venoso que recorre mi cuerpo, abriéndose paso con cada latido, dilatando mis venas para terminar vaciándose y golpeando con fuerza en mi corazón, retornando a éste una y otra vez hasta quedar sin fuerzas y desfallecer.

Mi amor pudo abandonar su cuerpo en el que se encontraba atrapado, el 1 de Mayo de 2014, a los 64 años, después de once años de enfermedad.

Hoy se encuentra libre, entre nosotros, en el universo, cerca de las estrellas. Y hoy es él, el que con su luz nos acaricia y nos cuida.

Merce

Madrid, España.