Presencia asombrosa

La demencia es una pérdida de la actividad cerebral que afecta a la memoria, el pensamiento, el lenguaje, el juicio y el comportamiento. Yo trabajo en asistencia domiciliaria como fisioterapeuta y de vez en cuando tengo pacientes con alguna forma de demencia que afecta a su autonomía. La rehabilitación con ellos puede ser complicada según la fase en que se encuentren. En el verano de 2011 tuve una serie de pacientes diagnosticados con demencia que me abrieron los ojos de un modo difícil de explicar para la mente y que va más allá de las creencias habituales hoy en día. Yo experimenté una conexión consciente de la vida misma con el universo. Además, como trabajo con el cuerpo, estoy empezando a ver y experimentar una extraordinaria relación con el alma eterna.

Empecé la semana con una nueva paciente a la que recientemente su médico diagnosticó pérdida de memoria. Le hice el reconocimiento de fisioterapia geriátrica en su domicilio. Cuando estaba a punto de marcharme, sonrió y señaló a un vaso de agua. Me preguntó: “¿Qué ves?” Confundida la miré. Y concretó la pregunta: “¿Está medio lleno, o medio vacío?”. Miré a la paciente y su sonrisa complaciente me cautivó. “¿Medio lleno?”, respondí desconcertada por lo aleatorio de la cuestión. Ella dijo: “Bueno…”, y yo dije: “¿Qué ve usted?”. Y con cierta solemnidad me comunica: “Los dos”. Mientras conducía hacia la siguiente visita, pensaba en el vaso de agua, en el vacío, en la abundancia…

Mi siguiente paciente sólo respondía a órdenes simples y su comunicación apenas era verbal. De nuevo me pilló desprevenida. Tras completar una serie de ejercicios de transferencias y preambulatorios, se sentó en la silla de ruedas. Yo me senté con ella en silencio. Y pronunció una palabra: “Perspectiva”. Yo pregunté: “Perspectiva, ¿qué quiere decir?”. No obtuve contestación, pero vi la similitud con mi primera paciente de aquel día. Comencé a sentir una posible y extraña conexión entre mis pacientes.

La última paciente de la jornada estaba en una fase muy avanzada de demencia. Era una paciente encamada y totalmente no verbal. No es un caso típico que me encarguen de rehabilitación a domicilio. Había sufrido una contractura en los isquiotibiales de la rodilla con complicaciones por escaras. Mi intervención consistía en enseñar al cuidador, en este caso su hija, movimientos y posiciones para aliviar la rigidez del músculo recién acortado. La técnica era practicar un estiramiento muy suave, lento y sostenido de los músculos de la pierna. Yo no sabía si sentía algún dolor, pero sí que se encerró en sí misma tras mi contacto inicial. No podía conectar con ella de palabra así que empecé a hacerlo con su cuerpo a ver si percibía resistencia.

Cuando conecté con ella realizando suaves estiramientos y rango de movimiento, noté una apertura hacia algo que no tiene límites. Su mirada profunda y penetrante no daba señales de expresividad. ¿Puede uno siquiera empezar a pensar cómo sería estar en esa situación? Parece una pérdida definitiva de todo. Me arriesgué y dejé que mi corazón se abriera a ella. Cuando conecté con ella, experimenté la ‘unidad’ en el sentido de unión. Salí de su casa y me entró un vértigo que duró varios días, porque no podía entender esta experiencia como algo que una mente normal acostumbrada a la cotidianeidad pudiera explicar. Cuanto más me resistía a esta perspectiva, más vértigo me daba.

Al final salí de esa espiral pero la experiencia se me ha quedado grabada para siempre. Ese día conecté con algo grandioso que va más allá del cuerpo y de la mente. En cada uno de nosotros hay una presencia extraordinaria que no se suele advertir hasta que no tenemos nada. Yo lo sentí tras la muerte de mi abuela. Ahora no sólo podía sentirlo en otro ser vivo sino que lo sentía en todas las cosas. Comencé a ver conexiones por todas partes. Podía ver tanto lo lleno como lo vacío. En ese momento lo sentí como una maravillosa bendición aunque, sinceramente, esa bendición o gracia está siempre aquí. Experimentar esa unión vale más que cualquier bien material por mucho que eche por tierra todas y cada una de las creencias condicionadas y conflictivas que se formulen en su contra.

Mi método de trabajo no ha cambiado desde el punto de vista clínico, pero mi perspectiva ha adoptado una visión holística. Ahora cuando trabajo con los pacientes les llevo toda la presencia del ser a ellos, a los cuidadores y al entorno. Estoy aprendiendo un nuevo arraigo de mi propio ser que parece favorecer la conciencia del paciente. Mi experiencia en este asunto es aún muy reciente. Estoy segura de que esta experiencia no es más que la punta del iceberg y que existen profesionales más avanzados en este campo. Sigo llevando al trabajo un corazón compasivo y una fe y una confianza renovadas.

Diana Higgins