El Alzheimer abrió la puerta

Mi madre tuvo un Alzheimer precoz a los 64 años, tras una vida de lucha entregada a nosotros sus hijos… y también tras una vida dominada por unos demonios internos que durante muchos años hicieron de nuestra relación madre-hija un infierno.

Fueron 12 años de enfermedad en los que, con ayuda profesional, voluntad y tiempo comprendí…

Comprendí que envejecer y hacer frente al final de los tuyos es ley de vida, no un castigo. El cuándo y el cómo éste llegue… una casilla fortuita en la ruleta de la Vida. Y que la Vida es azarosa no entra en el campo de la negociación. No existen culpables, razones, ni lamentos que merezcan la pena.

Comprendí que es de justicia corresponder con cuerpo y alma al sacrificio y a la entrega recibidos de mi madre, sin escudarme en el tono de nuestra relación; que la adulta en plena posesión de mis facultades era yo y ese era “El momento” de apoyarla estando a su lado y rendir así tributo a su valor. El momento de demostrar (y demostrarme) que era la persona entera y buena que ella quería que fuese… y que yo me sentiría orgullosa de ser.

… y aprendí.

Aprendí que a veces es necesario aceptar, bajar los brazos y rendirse sin que eso suponga una derrota. Lo aprendí en el instante dramático en el que el cruel diagnóstico me plantó ante lo irreversible, lo definitivo.

Aprendí que al Corazón no le afecta la enfermedad y el Amor sigue allí, indestructible, deseando como siempre mostrarse y ser correspondido. Que sólo a través de él puede mantenerse el vínculo con el ser amado -que no desaparece, como piensan muchos- sino que está ahí, presente, distinto, sí, “nuevo”, diría yo y accesible bajo otras reglas del juego.

Aprendí de mí y de mis valores; de mi gratitud más sincera y de mi capacidad de entrega.

Aprendí a Amar incondicionalmente, sin echar cuentas al pasado ni exigir al otro ser quién yo necesitaba que fuese.

Aprendí la inmensidad que cabe en una caricia de un rizo de mi pelo y en una mirada fija… que no es ausente sino libre.

Al margen de la tristeza y rabia por pensar en la Vida y alegrías que mi madre nunca más podría disfrutar (y es dejar mucho al margen), el Alzheimer y las neuronas que se perdieron con él se llevaron consigo sus temores, su ansiedad, sus demonios… Su cabeza se perdió y afloró con todo su esplendor su ternura, su cariño, sus emociones, su fragilidad… y las mías. El Alzheimer abrió una puerta maravillosa de conexión y Amor entre mi madre y yo.

Te quiero madre. Gracias.

Mónica Queralt